Génesis del proyecto

¿Cómo nace la mujer que me escucha? El único requisito o exigencia para asistir a las terapias de duelo que imparten de forma altruista en la Fundación Marios Losantos del Campo, es que los asistentes se comprometan a dejar un testimonio artístico de su paso por ellas.

Sara, la psicoterapeuta de la Fundación, rigurosa desde la primera entrevista, me dejó claro a qué se refería mostrándome unos ejemplos. Me enseñó un cuadro reproduciendo el grito de Munch, no recuerdo bien si pintado o realizado con otra técnica (no estaba yo en esos momentos como para fijarme en esas cosas), pero de una factura y calidad artística impecables. También me mostró un cuadro con un libro abierto con sus páginas en blanco, bonito y cargado de simbolismo. Más tarde, de vez en cuando, me imagino que como un recordatorio para reforzar mi compromiso, me iba mostrando otras manualidades igualmente imaginativas y bien presentadas. Ninguna de ellas hecha para salir del paso.

Pero la que a mi me obsesionaba era el grito de Munch. ¿Cómo estar a su altura? Yo, curioso de las artes, había medido mi capacidad creativa tratando de tocar la guitarra, de decorar objetos, de hacer teatro y ¿cómo no?, de pintar. Era plenamente consciente de mi incapacidad para salir airoso en ninguna de ellas. Y eso me agobiaba. Lo único con lo que tal vez hubiese podido acertar era escribiendo, actividad a la que había dedicado más tiempo y esfuerzo con resultados más o menos aceptables. Pero ni se me pasaba  por la cabeza que ahí pudiese estar la solución a mi compromiso, dada la naturaleza artística de las obras en manos de la Fundación: Sara no me había mostrado ningún ejemplo de testimonio literario. Además, desde la muerte de mi hijo Diego me hallaba totalmente bloqueado para escribir. Al contrario que Teresa, mi mujer, quien se desahogaba diariamente escribiéndo cartas, a mi me era imposible hacerlo.

Dejé pasar el tiempo. Ya se me ocurriría algo. A dos meses del fin de la terapia, aún no había tomado ninguna decisión al respecto. Finalmente, agobiado y a la desesperada, me compré un manual para aprender a pintar. La solución era pintar un árbol. El único tema pictórico que no se me daba tan mal. Pintar mi árbol: el árbol de papá. (El que puede verse en la solapa del libro) y escribir un poema. Fotografié el árbol y comencé a escribir mi poema. Y de ahí, sobre la marcha, surgió la idea: le escribiría un resumen de mis vivencias durante el duelo. Un cuaderno de apuntes.

De repente desapareció el bloqueo. Las ideas y el texto fueron brotando de forma continuada, como un torrente: a la vez que escribía en el ordenador, anotaba ideas en una libreta para que no se me olvidaran. Era como si el texto manase de mis dedos al dictado de mi corazón, sin apenas pasar por mi cabeza.

En pocas semanas, escribiendo noches y fines de semana, tuve el cuerpo de texto. Y en mes y medio, el libro terminado. Acabé con los brazos entumecidos de dolor, la espalda contracturada y las mandíbulas doloridas de tanto apretar los dientes. Al escribirlo había revisado y ordenado todo mi proceso de duelo desde el principio hasta ese momento. Y lo hice con la espontaneidad, la naturalidad y la franqueza de alguien que era consciente de que, antes, ya se lo había contado todo a sus posibles lectores, que eran Sara y la Fundación. Nadie más.

Y esto es lo que tenía en mente: dejar reflejada mi experiencia lo más fiel posible a mi sentir, con toda su intensidad. Quería dar un testimonio auténtico, de primera mano, que sirviese de ayuda a la Fundación en sus terapias. Puse todo mi esmero al redactarlo e incorporé mis poemas de juventud porque el pacto con Sara era entregarle un testimonio artístico y porque aquellos poemas ingenuos de juventud me estaban sirviendo ahora de refugio y encontraba en ellos una fortaleza y determinación que escaseaban en mi. Pero en ningún momento se me pasó por la cabeza que su difusión pudiese llegar más allá del ámbito de la Fundación.

Entregué a Sara, ilusionado, dos copias de “La mujer que me escucha” el último día de Terapia. Ella pensó que yo había salido del paso con un libro comprado en una librería. No lo he leído, me dijo al desenvolverlo. Y es que en mi afán por estar a la altura del grito de Munch, había encuadernado el libro artesanalmente, pero al primer vistazo parecía auténtico: tenía que estar a la altura.

Sara, a los pocos días, me llamó diciendo que le había encantado y conmovido, que le parecía un testimonio muy valioso que merecía ser difundido: una joya, me dijo. Yo era incapaz de ser objetivo y de valorarlo. Era mi vivencia y poco más. Respondí que el libro era suyo y que podía sacar cuantas copias quisiera para la Fundación. Sara contestó que antes de sacar copias lo consultaría conmigo. De hecho, pedí permiso a Sara, y yo mismo hice algunos ejemplares más para los compañeros de terapia de Teresa, quienes me aseguraron después que les había servido de gran ayuda. Lo cual me llenó de satisfacción. Por mi parte, la misión estaba cumplida.

Al poco tiempo me llamó Sara para decirme que había intentado contener el asunto, pero que ante las presiones de quienes habían leído el libro, no le quedaba otro remedio que proponerme publicarlo en serio. Que le habían asegurado que era hermoso y que ayudaría a la gente. “Si quieres le ponemos solo Pedro en la cubierta para mantener tu anonimato,” me dijo Sara sabedora de mi deseo de pasar desapercibido,  “aunque creo que es algo de lo que deberías sentirte orgulloso y poner tu nombre”, añadió. “Este libro ayuda. Piénsalo.”

Apenas pude articular palabra. Le dije que lo pensaría y consultaría con Teresa. Para mi aquello no era sólo una propuesta de publicación. Esa noticia me reafirmaba con absoluta contundencia la validez de cuanto había escrito. Me hizo renovar mi determinación de apostar por la vida y de superar la perdida de Diego.

A Teresa y a mi la decisión de publicar el libro nos creó muchas dudas. Desde un principio fuimos muy celosos de nuestra intimidad y sacar a la luz un texto tan personal se nos hacía difícil. Tuve que vencer el pudor y el temor a exponer mi sentimientos más profundos a la opinión pública. Sentía que estaba mal visto, que nadie quiere oír hablar del dolor, aunque tarde o temprano a todos nos llega el momento de sufrirlo.

Pero cuando terminé la terapia, sentí la necesidad de corresponder y mostrar mi agradecimiento a la Fundación y a Sara por su ayuda. Y de esta forma, con la publicación del libro, se me presentó una inmejorable oportunidad. Y tomé finalmente la decisión de hacerlo con el convencimiento de que este libro servirá de ayuda a los lectores en duelo y a quienes les rodean. Y porque con ello apoyaba también a la Fundación en sus programas de investigación, terapias de duelo y cooperación al desarrollo. Las fotografías de niños africanos sonrientes que tiene Sara en su despacho terminaron de convencerme. Pensar que, aunque sea de manera indirecta, puedo contribuir a provocar una de esas sonrisas, es un motivo más que suficiente para mí para publicar el libro.