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¿Qué esperar después del duelo?

Publicado el por Pedro Alcalá

De cuando en cuando, aún me aborda la nada. Desprevenido, me envuelve liviana en un tul blanco neutro inconsistente y poco a poco me vacía las ganas. Otras veces, vestida de plúmbea marea alquitranada, me arropa y arrastra hacía no sé qué oscuro abismo o cumbre. Y yo, aunque cansado, tarde o temprano, siempre acabo por revolverme torpe pero aguerrido. Como un águila amedrentada sorprendida en pleno proceso de regeneración; el instinto afilado, pero las garras aún romas y el plumón zafio.

Tengo 54 años y hace casi 7 que falleció mi hijo Diego.

Y todavía, de cuándo en cuando, el cuerpo, el alma o la pura entraña me piden gritar y desgañitarme hasta arrojar la bilis y la mala baba que nos ha deparado la vida. Del mismo modo, otras, me pide dejarme arrullar por la pena, mecer y reposar en ella, hasta volver a sentir que remonto y crezco.

Los párrafos anteriores son fruto de un repente. De un arrebato emocional. Y aunque sé que decir a impulsos no es el vehículo más fiable para comunicar con rigor, sí que lo es en cambio para transmitir la autenticidad de un estado emocional. Motivo por el cual no pienso volver sobre ellos. Así quedan pues. Trazos gruesos de un mal día.

Hace ya casi un año que expuse en este blog que había llegado el momento de alejarme de los asuntos del duelo para poner mi foco y energías en desarrollar otras facetas descuidadas de mi mundo interior. Aseguré sentirme en una sensibilidad alejada del duelo, para acabar por desdecirme tan sólo unos días más tarde, después de un arrebato similar al que ha dado origen a los primeros párrafos de este post. Episodio este, que por reiterativo, me lleva a ponerme en la piel de quienes recientes en su pérdida e intensos en su dolor, lean mis aparentes vaivenes y, confusos, se pregunten qué se puede esperar en realidad tras la elaboración de un duelo.

Es bien cierto que la elaboración de mi duelo por la muerte de Diego me ha permitido reconciliarme con la vida hasta el punto de volver a desenvolverme en ella con solvencia sin que el dolor por su ausencia lo impregne todo; involucrarme e ilusionarme en nuevos proyectos; vivir alegrías y disfrutar de momentos gozosos sin que me asalten por ello sentimientos irracionales de culpa. Me ha permitido también dedicar la mayor parte de mi tiempo y energías a la vida y a los vivos. Una elaboración que por otra parte me ha exigido mucha determinación para atravesar el dolor y desplegar recursos con que comprender, asimilar y aceptar la irreversible realidad de su pérdida; soltar un pasado irrecuperable desde el que construir una nueva normalidad en la que Diego ocupa hoy un preciado lugar; construir con él otra forma de relación, muy personal e íntima. Lo que he venido en llamar mi “conexión serena” con Diego. Insólita expresión para el agnóstico, poco o nada creyente, que soy. Pero es que así es como lo siento, por paradójico que parezca.

Ahora bien, entre aquellos aterradores primeros días posteriores a su muerte y esta conexión serena, ha mediado un largo camino de dolor y aturdimiento; de días de desesperanza prolongada en que la única fe en la vida brotaba de unas entrañas tercas que me empujaron a seguir: mi sabio instintivo.

Cabe decir que el duelo ha supuesto para mí un duro trance que tanto me ha permitido crecer en mi capacidad de adaptación a nuevas situaciones difíciles o complejas, como me ha producido un enorme desgaste que me ha dejado exhausto y algunas secuelas. El esfuerzo que demanda la elaboración del duelo sumado a un alto nivel de auto exigencia sostenido en el tiempo a la hora de afrontar distintas y sucesivas adversidades que me ha seguido deparando la vida, han supuesto una elevada erosión de mis recursos naturales que ha devenido en una especie de hiperreacción ante la adversidad. De ahí que en ocasiones me haya sentido agotado y vulnerable, sometido a ”recaídas”. Ante lo cual no dudé en buscar de nuevo ayuda profesional con que reorientarme y reafirmar mis recursos.

Ayuda que me ha servido para descubrir que toda esta lucha que pensé que libraba en lo más profundo de mi ser, en realidad la he combatido muy a flor de piel, en un plano muy racional. De tal modo que he desatendido en gran medida mi mundo interior. Razón por la que hace ya tiempo que vengo expresando la necesidad urgente que tengo de atender otras facetas de mi vida; de que ha llegado el momento de restituir los nutrientes esenciales para que mis entrañas más primarias e instintivas me sigan sirviendo de guía.

Para concluir, trataré de aclarar que para mí, superar, elaborar o resolver un duelo no implica en modo alguno olvidar a nuestro ausente, ni dejar de añorarle o sentir pena, rabia o incluso episodios agudos de dolor. Pienso más bien que el proceso continuará hasta drenar la última gota de dolor. Lo que no soy capaz de anticipar es hasta cuando. Pudiera ser que tal vez no acabe nunca. Pero lo que a día de hoy sí que puedo asegurar es que, según trabajo y avanzo en mi reconstrucción, esas “recaídas” son más espaciadas y menos hondas. Mientras que por contra, el recuerdo de Diego permanece. Cuanto menos me resisto al dolor, más me libero del sufrimiento, y más nítido y reposado se vuelve ese recuerdo. Más sólida es nuestra conexión.

Estos escritos son impresiones personales de mi vivencia tras la pérdida de mi hijo Diego. Para información profesional o para solicitar ayuda gratuita, no dude en consultar la página web de la Fundación Mario Losantos del Campo: www. fundacionmlc.org o su blog de Psicología del duelo.

Reflexiones después de Navidad

Publicado el por Pedro Alcalá

En la entrada anterior plasmé intenciones. Fruto del calor del espíritu navideño que recuerdo de otros tiempos y del amor que siento por mis allegados vivos, un año más he querido volver a intentar vivir unas Navidades serenas y disfrutar de ellas, de corazón. Y lo he hecho por ellos, que no por nosotros. Porque si por nosotros fuera, cada año, desde que murió Diego, saldríamos pitando de aquí el 1 de diciembre con las primeras lucecitas de colores para no regresar hasta el 8 de Enero y, entonces ya sí, desear a todos un Feliz Año Nuevo.

Habré leído y escuchado esta última aseveración infinidad de veces a otros dolientes. Pero durante estos casi 7 años sin Diego hemos deseado y tratado de que las cosas fueran diferentes para nosotros.

Desde que escribí el último post el día 24 de diciembre lo he releído innumerables veces. Y la mayoria de ellas he sentido impulsos de cambiarlo e incluso borrarlo. Dudaba sí contenía suficiente verdad. Y si al final lo he dejado tal y como está es porque contiene la autenticidad de sus buenos propósitos: neutralizar la nostalgia para aportar armonía y celebrar la convivencia.

Sin embargo, estas Navidades, el resultado no ha sido tampoco el esperado. Al menos en nuestro caso, la flexibilidad y la tolerancia que proponía en la entrada anterior, si bien es cierto que sin duda mejoran el ambiente en general, por sí solas, no acaban de funcionar. La realidad es que al final mantenemos el tipo a fuerza de contener emociones. Y a la postre, la tristeza se transforma en rabia. Y la rabia crece, inadvertida, hasta que en el momento más inesperado acaba por estallar descontrolada ante cualquier nimiedad en forma de desavenencias absurdas. Lo cual viene a sumar a la pena desasosiego, sentimientos de culpa, frustración y derrota.

Hago estas confidencias con la tranquilidad que me proporciona tener la suerte de convivir en un entorno amable, comprensivo y cariñoso sin fisuras. Donde después de cada desencuentro, por disparatado que este sea, siempre terminan por prevalecer el entendimiento y el respeto sobre todas las cosas.

Por otra parte, quisiera resaltar que lo cierto es que aunque ya dimos por superado nuestro duelo, Diego sigue sin estar. Y aunque sabemos que nunca más estará. Aunque hasta fuimos capaces de asimilar y aceptar esta aterradora certeza. A Diego, lo seguimos amando igual. Y en estos días en que se tiende a decir que “nos juntamos todos”, se hace más notorio que Diego no está. Y duele. En estos días en que la memoria de Diego queda relegada al recuerdo íntimo y reservado de cada cual, expresado en suspiros, en miradas, en la intensidad extraordinaria de un abrazo, en la ubicación significada de una fotografía…nosotros, necesitamos más, necesitamos nombrarle, contar sus anécdotas…hacerle presente en la memoria compartida…Diego cantaba, Diego disfrutaba exultante de la Navidad…Diego comenzaba a preguntar desde septiembre, cada mañana, cuánto faltaba para Reyes…

¿Cómo vamos a querer volver a festejar sin él tal día? Superar el duelo no impide reservarse algunos espacios, momentos o fechas dedicadas a la memoria, al homenaje o incluso a la evocación pura de la tristeza y el dolor. Lo contrario sería inhumano. Sólo sanamos de un dolor cuando lo padecemos plenamente, afirmaba con acierto Marcel Proust.

Encontramos por tanto que lo más saludable sería incorporar sus vívidos recuerdos a cada encuentro, hacerlos más presentes, hasta integrarlo. Aunque somos conscientes de la preponderancia que pudiera tomar su ausencia trayéndola tan a primer plano, estamos convencidos de que construir un cauce natural para expresar la tristeza, ayudaría a normalizar el ambiente. Haciéndonos sentir más cómodos a todos. Por contra, a día de hoy, no podemos evitar sentir que no hacemos otra cosa que incomodar cada encuentro con nuestra triste presencia. Que las emociones no fluyen con naturalidad. Y se enroscan. Y después, a solas, nos asalta la maldita rabia.

El hecho es que unas Navidades más no hemos sabido surfear sobre la nostalgia; encontrar el equilibrio entre los sentimientos a flor de piel y los deseos de mostrar a quienes amamos que nuestra capacidad de amar, de relación y de encuentro no se acabó con la muerte de Diego, sino al contrario.

Hemos aprendido en cambio que el valor auténtico del apoyo de un entorno sincero, radica precisamente en salir airosos, con el cariño intacto, del zarandeo de los malentendidos, de los silencios incómodos y de unos brindis tristes, a caballo entre la nostalgia y una apuesta al futuro.

No obstante, Pedro, debes de ser más consecuente y hacerte a la idea de que la Navidad es esto. Y que por más que tratemos de enmascararla con melindrosas bandas sonoras, guirnaldas y viandas: coexistir con la realidad de la muerte en estás fechas es inevitable. La Navidad es una fiesta para los niños (algunos) y un encuentro con la tristeza para la inmensa mayoría de los adultos. ¿Quién no ha padecido alguna pérdida significativa que añorar en Navidad? Creo por tanto, que en encontrar la melodía y el tono adecuados con que acompañar cada encuentro radica el arte de saber vivirla.

Persistiremos pues el año próximo hasta lograrlo. Aunque, una vez más, al igual que con el resto del duelo, esto es algo que nadie podrá hacer por nosotros.

Estar de duelo en Navidad

Publicado el por Pedro Alcalá

A todo a quien se acerque a este blog en estos días, entiendo que no hará falta contarle lo complicadas que emocionalmente hablando pueden llegar a ser estas fechas de Navidad para quienes hemos sufrido pérdidas de seres queridos (haga el tiempo que haga que pasó). Y es que por más voluntad que le pongamos para no vernos afectados, el bombardeo emotivo es constante. Y de una manera u otra, las ausencias se hacen más presentes, nos entristecen y nos duelen.

No pretendo por este motivo presentar con este escrito un alegato contra la Navidad. Más bien al contrario. Manidos argumentos sobre consumismo y la aparente pérdida generalizada de su verdadero valor espiritual aparte, el hecho es que para la mayoría de nosotros es un tiempo que nos invita y propicia el encuentro amable con los nuestros; con los que por desencuentros dejaron de serlo y con los que nunca fueron tan nuestros. Oportunidad para la reconciliación. Oportunidad para sentir más a flor de piel. Oportunidad, por tanto, para que las ausencias afloren en primer plano aunque se quiera o, de forma un tanto ingenua, no se quiera.

La realidad es que (siempre hablo tan sólo desde de mi experiencia personal y la de mi entorno) cualesquiera que sea el enfoque que nos planteemos cada año para afrontar la Navidad, esta siempre nos sorprende, atrapa y desbarata la que dábamos por infranqueable fortaleza o definitivo blindaje emocional. Siempre hay un encuentro, una palabras, un verso, un anuncio, una canción, un objeto que sale de no sabemos dónde para convertirse en implacable mensaje: no te olvides de mí…

…y es que no nos olvidamos de ti…

Imposible olvidar a quien todavía tanto se quiere cualesquiera sea el tiempo transcurrido, cualesquiera las circunstancias, cualesquiera sea nuestro estado en el proceso de elaboración del duelo.

Los que sentimos ausencias en Navidad, con frecuencia, pretendemos controlar las emociones, ponerle normas al corazón: qué y cuándo sentir; dosificar los encuentros, medir los abrazos y la exposición a los recuerdos. Y yo al menos, de este modo, siempre, año tras año, he acabado por concluir que mis esfuerzos fueron en vano. Acabé por sentir la ausencia de Diego con la intensidad que me pedían las entrañas; la que correspondía. Cosa que sucedió a menudo a destiempo, mal digerida y peor gestionada. Se convirtió en la famosa tristeza disfrazada de ira que tan bien explica Jorge Bucay.

Por ello este año, tengo más claro que nunca que durante las fiestas de Navidad, las personas en duelo, por más que lo pretendamos y planifiquemos, no podemos estar seguras de saber lo que realmente vamos a querer hacer en cada momento. Somos volubles, variables. Lo cual no es malo ni es bueno. Es una consecuencia normal de nuestra situación. De ahí que me haya planteado ser más flexible con mi implicación Navideña. También serlo con aquellos con quienes comparto la misma ausencia: no tienen porque coincidir con mis necesidades, ni en el mismo enfoque. Respeto por tanto a cada forma de encarar estas fechas. Comprensión ante inesperados giros de planteamiento. Aunque no los comparta ni comprenda. He aprendido que con frecuencia no obedecen a motivos racionales. Inútil pedir explicaciones, no las hay.

Tolerancia ante la ira. A menudo no es más que el reflejo de la impotencia que nos hacen sentir emociones intensas inesperadas para las que en estos días no disponemos de tiempo ni espacio para poder atenderlas de forma adecuada. Paciencia pues. Hasta con nosotros mismos.

Y por último, comprensión con nuestro entorno: si ni nosotros sabemos lo que queremos, ¿cómo van a saber ellos, pobres, qué hacer con nosotros, salvo acogernos con mal disimulada congoja y ofrecernos su mejor manera de entender el afecto?

A todos los dolientes, acompañantes y allegados, os deseo unas serenas fiestas de Navidad y Año Nuevo, que nada tienen en sí mismas de malo. No son ellas las que nos hieren, es nuestro corazón herido el que nos duele. Y es normal además que así suceda. Por lo que si escapar del bullicio no es nuestra opción, aprovechemos pues para dar y recoger tanto cariño como podamos. Es el mejor bálsamo. Nos aportará energía para seguir adelante.

No se olvida nunca

Publicado el por Pedro Alcalá

Tan sólo dos semanas después, y aquí estoy de nuevo. Menos mal que no me puse excesivamente solemne a la hora de despedirme de este blog.

Así hoy se me hace más fácil rectificar.

Lo pongo de relieve porque precisamente creo que rectificar no es de sabios. O mejor dicho, no es una facultad exclusiva de ellos. Lo que sucede es que nos cuesta mucho decir sin ambages: me equivoqué y ahora doy marcha atrás. De ahí que en nuestra sabiduría popular (otra vez los sabios) hayamos elevado este acto a calidad de honorable gesto, propio tan sólo de unos pocos iluminados. Unas veces para poder escurrir el bulto (no está a mi alcance); otras para enmascarar nuestro desbarre bajo la aureola de la excelsa acción que se supone que implica el simple acto de enmendarnos la plana. Pero no: la capacidad para rectificar no es privilegio de unos pocos; rectificar está al alcance de cualquiera. Debería de ser el gesto más habitual de las personas comunes que aspiremos a una convivencia sana. Lo creo así, por más que sé cuanto nos cuesta llevarlo a la práctica.

Es más, estoy convencido de que si no nos cuestionamos de vez en cuando aquello que en algún momento dimos por sentado. De que sí pasamos por alto la ocasión de analizar nuestros errores para descubrir qué subyace tras ellos, perdemos una excelente oportunidad para crecer.

Esto viene a cuento de todo cuanto nos decimos al respecto de lo que nos sucede durante el duelo; de nuestra inclinación a dictar sentencias y darlas por definitivas: “soy así”; “esto no hay quién lo supere”; “mis circunstancias son otras”; “nadie me entiende”; “todo cuanto tenia que decir, dicho está”; etc. Y es que si algo he aprendido durante la elaboración del duelo es que no podemos dar nada por definitivo si lo que queremos es avanzar y salir.

Reconstruir supone rebuscar entre los escombros de un derribo para, clasificándolos, acomodarlos tal y como estaban. Con frecuencia es necesario sustituir o añadir elementos nuevos. Es una minuciosa labor de prueba y error hasta conseguir de nuevo una estructura armoniosa, estable y sólida. Puede que a veces una versión mejorada del original. Recomponer un alma rota; elaborar un duelo, tiene mucho de todo esto.

En la que hasta hoy fuera mi “última” entrada, aseguraba que mi sabio instintivo me pedía dejar de escribir en este blog para atender otras facetas de mi vida desatendidas durante el duelo. Me sentía alejado de la sensibilidad del duelo. Estaba convencido de ello. Pero han bastado dos semanas y unos pocos comentarios para darme cuenta de que en algo me había malinterpretado.

Disculpas por estos vaivenes.

-Atento-, dice mi estado en Whatsapp. He querido cambiarlo en varias ocasiones sin conseguirlo. Algo me dice que aún no es tiempo de bajar la guardia; que si me dejo llevar, me engaño.

Esta Semana Santa, con nuestro duelo superado, nos hemos lanzado una vez más de vacaciones: muchos y buenos amigos; buen tiempo; buena nieve; buena predisposición; mejores expectativas… Pero ya el primer día juntos se me atragantó del mismo pesar impreciso de cada año.

Y no es que calle ante el grupo por no aguar la fiesta. Siempre habría alguien dispuesto a escuchar. Es que no sé reconocer a tiempo lo que me pasa.

El duelo no puede ser, me digo. Y le digo a Teresa: eso ya está. Los dos sabemos que el duelo, ese sí que ya está.

Y regresamos a casa exhaustos de negarnos el mal ánimo. De esforzarnos por estar a la altura de las exigencias de una vida feliz que nos hemos impuesto. De sentirnos mal por necesitar soledad y no atenderla. Por no concedernos esa licencia frente a unas obligaciones de cortesía que nosotros mismos nos hemos dictado frente al grupo. Convencidos de que pasar página implica eso: participar de todo tanto o más que el resto.

Pero es gracias a aquel estar atentos del que hablaba antes, este cuestionarnos todo a cada instante el que nos permite discernir y desbrozar las emociones hasta dejarlas tan nítidas como para poder entenderlas. Comprender que nuestro universo interior sigue, de forma ineludible, marcado por la ausencia de Diego. Que la realidad es que en estas vacaciones grupales, una vez más, éramos los únicos padres sin hijo adolescente, en un encuentro de padres con hijos adolescentes, y que se justifica sobretodo en eso: en ver o saber que tus hijos disfrutan. Es una evidencia que nosotros, por más que queramos, no podemos ignorar. Es una realidad, que de no prestarle atención, nos acaba por minar.

Hemos elaborado un duelo: no nos hemos vuelto inmunes a la añoranza.

Aceptamos que para el resto del grupo se trata de una situación normal. Y así ha de ser. Ni tan siquiera nos cabe esperar que alguien, haciendo un ejercicio de empatía descomunal, fuera capaz de ponerse en nuestro lugar. Por más que sabemos que nos tienen en mente y son sensibles a nuestra situación, jamás podrían asimilar nuestro sentir, su realidad vital y sus inquietudes están en otro orden de preocupaciones propias de la edad de sus hijos adolescentes. Naturalmente intensas.

Es la edad que tendría Diego. Ojalá que todas esas preocupaciones, juntas, fueran nuestras, pensamos. Pero callamos.

Lo cierto es que nos sentimos arropados. No nos falta cariño. En eso tenemos suerte. Pero no podemos evitar sentir un triste, aunque irracional, sentimiento de exclusión.

Salvo quienes hayan vivido determinadas pérdidas, pueden entender la intensidad con que en cada viaje de vacaciones nos acompaña una pronunciada ausencia de Diego. Desde que hacemos el equipaje sin sus cosas; lo cargamos, sin sus cosas; viajamos, sin él y sin sus cosas…; hasta que, peor aún, deshacemos el equipaje, sin sus cosas…

Es por ello que necesitamos de espacios de soledad para expresarlo y tiempo para procesarlo.

Hace tiempo que aprendimos que nuestras idas y venidas de vacaciones no son un simple y placentero trámite. Constituyen parte de nuestro proceso de normalización de su ausencia. Cada vez más llevadero, por supuesto, pero ineludible y necesario.

Con todo lo anterior no pretendo desdecirme de nuestra situación al respecto de la elaboración del duelo. Bien al contrario, me ratifico en que nuestra reconexión con la vida es sólida: disfrutamos de solvencia y normalidad para gestionar nuestro día a día. Si bien, he de admitir que todavía nos quedan situaciones dolorosas por enfrentar y que aprender a gestionar.

Cosas por tanto que contar, si no desde la sensibilidad del duelo, sí desde la de un padre que ha perdido a un hijo. Y que aunque dispuesto a enfrentarlo todo para seguir creciendo; ni pretende, ni quiere olvidarle nunca.

Vida después del duelo

Publicado el por Pedro Alcalá

Vaya por delante mi adhesión, afecto y comprensión para todos cuantos os acerquéis a este blog en busca del consuelo, orientación y respuestas que yo mismo busqué en otros blogs cuando hace 6 años perdí a mi hijo Diego a sus 10 años de edad.

Busqué desde el dolor y la desesperación; desde la confusión y el miedo; desde la rabia y la impotencia; desde un baldío páramo de entrañas calcinadas y emociones rotas. Busqué desde un irracional sentimiento de culpa por no haber podido prever y evitar una muerte que para nada dependía de mí. Busqué atrapado en un desazonador torbellino de porqués e ¿y sí…? sin respuesta. Busqué señales. Busqué desde la rebeldía y la imperiosa necesidad de no defraudar a Diego en el momento de afrontar el aterrador trance que supuso su muerte.

Tras el demoledor impacto del principio, cuando el único bálsamo posible eran para mí los abrazos y el llanto, decidirme a buscar referentes y ayuda fue sin duda un primer gran paso hacia la elaboración de mi duelo. Saber que otros antes que yo habían pasado por ello y habían salido adelante, me dio aliento y permitió avanzar a pesar de la más negra desesperanza que de cuando en cuando se desplegaba sobre mí, e implacable me atenazaba durante unos angustiosos e interminables periodos.

Instantes aquellos de derrota durante los cuales, sutil pero persistente, una inusitada fuerza interior, mi sabio instintivo, tomaba las riendas de mi vida y me instaba a seguir. De tal modo que, tras un doloroso proceso, hace ya unos años que pude dar por elaborado mi duelo.

Hoy, ese mismo sabio interior, igual de persistente, me dice que toca cerrar aquel ciclo vital para seguir creciendo. Que todo cuanto pude decir desde la autenticidad que me dio estar inmerso en la sensibilidad del duelo, dicho está.

Admito haber crecido con este trance. Sobra decir que se trata de un crecimiento indeseado, de haber podido elegir, pero bienvenido al fin. No lo tomo como un regalo, un trofeo, ni como una compensación por tanto dolor. Sino como una consecuencia natural del proceso de elaboración del duelo.

Durante los últimos años, concentré casi todas las energías en mi reconstrucción. Lo cual mereció la pena. En mi actual relación con la ausencia de Diego prevalece la serenidad. Que no el olvido.

“Acepto el dolor para siempre si es que fuera imprescindible para mantener fresco su recuerdo”. Aseguraba yo hacia el final de La mujer que me escucha. Hoy sé que no es necesario. Su recuerdo es más fresco y hermoso sin la distorsión que provoca el dolor. Sin sufrimiento.

Es tiempo por tanto ya de atender otras facetas de mi vida; me insta mi sabio interno. Y no dudaré en atender a su siempre positivo estímulo. Desde el último abrazo que di a Diego en vida, algo intangible me hace presentir que de alguna sutil manera (sobre la que no indagaré) es en él, precisamente, en mi sabio instintivo, donde subyace esta reconfortante conexión con Diego.

“En el libro de mi amigo Jorge Bucay El camino de las Lágrimas, hay una cita de Harold S.Kushner: -El Dios en quien yo creo no nos manda el problema, sino la fuerza para sobrellevarlo-, y no sé si ese otro yo solvente y sereno que de vez en cuando me toma las riendas tiene algo que ver con ello, pero no estaría mal”. La mujer que me escucha.

Un sentido abrazo a cuantos me habéis acompañado durante el discurrir de este blog. Gracias.

Todo mi ánimo a quienes os acerquéis de nuevas, aún tierna la pérdida, desolados, pero inmersos en vuestra personal búsqueda. Para vosotros en especial queda abierto este blog y sus entradas. Aunque no escriba más en él, constituyen, junto a La mujer que me escucha, el testimonio singular y sincero, en tiempo real, de la elaboración de mi duelo.

Más allá del duelo. (Lectura recomendada)

Reposar en el recuerdo sereno de nuestros ausentes

Publicado el por Pedro Alcalá

“Cuando dices que para ti, sigue contando, serenamente, Diego. ¿En qué términos? ¿Dónde lo pones?, ¿dónde lo dejas?, ¿dónde lo llevas? ¿Sientes que está en algún lugar? ¿Crees que no está? ¿Tienes esperanza de poder volver a estar con él cuando tú ya no estés aquí? ¿Crees que se puede ser feliz si no se tiene esperanza en el Más Allá?”

De este modo, desde el cariño que ambos nos profesamos, me interpelaba Nati, lectora frecuente de este blog, en un comentario al respecto de mi último post Superar el duelo por la muerte de un hijo pequeño.

Me comprometí a reflexionar sobre ello y a responder en el siguiente post que escribiera, y si no lo hice antes fue por falta de tiempo de calidad, aunque pienso que de haberlo hecho entonces, mi respuesta hubiera sido la misma de hoy.

Casi dos años después de la muerte de Diego, en mi segundo post, revelaba:

A menudo, cuando su ausencia se me hace tan dura como insoportable, despliego la mirada sobre el horizonte buscando mi conexión, expandiéndola, porque si Diego está en algún sitio, es en todas partes; y le ruego y le pido que me ayude, que siga a mi lado. Y después, siempre pasa algo que me hace creer que nunca me falla.

Aquella percepción, casi tangible, no ha cambiado en absoluto. Aún me siento conectado a Diego. Lo que se ha reducido es la frecuencia con que la angustia me oprime lo suficiente como para tener que rogarle; como para tener que pedir a Diego que ocurra algo que me haga creer que nunca me falla. Ya no necesito, ni busco, ni espero señales del más allá.

A veces, en momentos especialmente intensos o significativos, aún me sorprenden algunos episodios sutiles; aquel tipo de casualidades que solía calificar de extraordinarias, de enigmáticas peripecias intencionadas, de guiños que Diego me enviaba desde su lugar mejor. Sucesos que hoy día identifico como probables alucinaciones de pena o asociaciones; ensueños fruto de la necesidad de sentir una conexión más física. El hecho es que ya no las analizo; me limito a sonreír y a atesorarlas. Y aunque no voy a negar que todavía me confortan, no las considero necesarias para vivir ni para eventualmente ser feliz.

Dicho lo anterior, lo cierto es que no tengo respuesta a la mayoría de las preguntas que me formula Nati. Dejé de planteármelas el día que decidí aceptar y soltar. Aceptar que la muerte de Diego es irreversible y soltar la esperanza de recuperar un pasado irrecuperable. Tampoco pienso en términos de un reencuentro con Diego en el más allá. Si sucede, sucederá. Y será fantástico. No lo descarto. Pero nada puedo hacer para influir sobre una posibilidad que nos trasciende en extremo. Si yo tuviera la fortuna de la certeza que proporciona la fe, de seguro tendría una respuesta inequívoca para cada una de sus preguntas. Pero no soy creyente. A mi entender, la vida se vive aquí, entre los vivos. Y es esta, por tanto, la que me interesa. En ella me ocupo de crecer. Y es que si de verdad existe posibilidad alguna de trascendencia, estoy seguro de que a ella se accede por medio de un aceptable “hacerlo bien” en este mundo. Lo cual incluye afrontar la adversidad por dura que se presente, y tratar de superarla.

¿Crees que se puede ser feliz si no se tiene esperanza en el Más Allá?

Rotundamente sí. Felicidad entendida como una sucesión discontinua de pequeñas y grandes alegrías entreveradas de pequeñas y grandes desdichas. Sí, si para ser felices no pretendemos el paraíso en la tierra.

Se habla con frecuencia de crecimiento personal o espiritual asociado a la elaboración del duelo, y aunque pudiera resultar contradictorio, algo de ello pudieran contener esta aceptación serena de la realidad de la que hablo y el hecho de que, a pesar de dudar de nuestra trascendencia, no temo a la muerte.

¿Serenamente Diego?

Haberme liberado del dolor y el sufrimiento que me producía aquella lucha interior por aceptar y soltar, me permite disfrutar hoy, sin distorsión, de los hermosos recuerdos que conservo de aquel tiempo que tuve la suerte de compartir con Diego. Serenidad es el estado de ánimo predominante en mi relación con un Diego ausente. El proceso de elaboración del duelo ha sido ciertamente largo, doloroso y complejo, pero tras su resolución, la gestión de mis emociones se ha revelado (recaídas aparte) sorprendentemente sencilla.

Disculpad unas respuestas tan categóricas. Me hago cargo de que para quien se encuentre en una edad muy temprana del duelo, o en plena elaboración, pudieran resultar cuanto menos lejanas o utópicas: en el contexto de otro orden de prioridades. Pero esta es mi realidad hoy. No puedo contar otra.

Ahora bien, tampoco quisiera llevar a nadie a equívoco o confusión: las Navidades, como otras tantas fechas señaladas, acentúan las ausencias y nos ponen tristes. El cansancio nos atrapa y nos mina el ánimo; son largas y el bombardeo emocional incesante. No importa cuanto tiempo haya pasado, si se hurga en la nostalgia, las ausencias duelen. Es a fuerza de prueba y error como las sobrellevamos. Por eso este año hemos tratado de buscar el equilibrio, un pacto entre nuestras convicciones y las convenciones, entre lo que nos sienta bien y lo que los que amamos merecen. Veremos qué tal funciona.

Pero lo cierto es que en lo que al duelo respecta, ya no busco nada más allá del más común de los sosiegos. Disponer de ratos en que apartarme para poder respirar. Para poder rearmar el ánimo. Para, arropado por el cariño y la comprensión de cuantos me quieren, poder disfrutar de unos instantes de soledad en los que reposar en el recuerdo sereno de mi Diego ausente.

Superar el duelo por la muerte de un hijo pequeño

Publicado el por Pedro Alcalá

Han pasado cinco meses desde mi última entrada en este blog. Cinco meses, en tempo de duelo, bien pudieran equivaler a casi una eternidad, sobre todo al principio, cuando cada nuevo segundo pareciera arrastrar el dolor lacerante de su antecesor para perpetuarlo. Sin apenas tregua, pareciera que aquel dolor de ausencia, aquella intensidad, no fueran a remitir jamás. Lo recuerdo muy bien. La muerte de un hijo; el dolor que produce, no se olvida. Nunca se olvida.

También han transcurrido más de cinco años desde la muerte de mi hijo Diego a sus diez años de edad. Tampoco le olvido.

Mi compromiso con este blog era y es contar experiencias personales vividas y auténticas al respecto de mi duelo. Decir y contar verdad mientras contenga algo relevante que aportar.

Por ello he tardado cinco meses en volver a escribir en él, porque durante ese tiempo no había acontecido nada nuevo e interesante relativo a mi duelo que mereciera compartir.

Sin embargo, la semana pasada, después de mucho tiempo, hablé de nuevo por teléfono con Elena. Elena es una madre que hace unos seis años perdió a su hijo Alex. La conocí hace varios años en un encuentro de padres en duelo. Nuestro hablar sincero, sin ambages ni paños calientes nos hizo conectar. Ella vive en Teruel y yo en Madrid, pero desde entonces, de cuando en cuando nos llamamos para contarnos cómo nos va. Y lo hacemos con la franqueza a que nos obliga un asunto que nos toca tan hondo y con la transparencia que nos permite el hecho de no conocernos más allá de la desgraciada experiencia común que nos vincula.

Por aquel entonces, cuando nos conocimos, yo ya aseguraba que el duelo por la muerte de un hijo se puede superar. Que aquella era mi experiencia; resultado de una fuerte determinación personal, de una búsqueda de ayudas adecuadas y de unas circunstancias normales. Pero Elena, que había transitado por esto del duelo más que yo, me aseguró que hubo un tiempo en el cual, después de un recorrido similar al mío, también pensó haberlo logrado, pero que al final la realidad acaba por ponerte en su sitio, y que las constantes recaídas terminan por depositarte en el lecho lánguido de un duelo sin fin.

“Está bien que así pienses si es que te ayuda, pero no te voy a engañar: un día de estos, tarde o temprano, tal y como me sucedió a mí, se te caerán los palos del sombrajo”. Aseguraba Elena. Y debatimos largo y tendido sobre aquella sentencia dictada desde su parecer más sincero. Ambos coincidimos en la convicción de que no caben autoengaños si se trata de elaborar un buen duelo.

Lo cierto es que pronto me alcanzaron tales recaídas: algunas hondas y prolongadas, otras intensas y breves pero demoledoras…que me hicieron dudar de mis convicciones y me llevaron al desánimo.

Alcanzado este punto, conviene decir que si algo soy, es terco. Y digo terco y no tenaz, ni constante, ni firme, ni determinado, ni perseverante. Digo terco, porque para salir de este duro trance hay instantes en los que hay que echarle más agallas y rabia de lo que la razón propone. Porque a menudo toca seguir y tragar bilis a fe ciega porque el dolor recurrente lo impregna todo y nos hace sentir irremisiblemente atrapados en un bucle de búsqueda infructuosa y desesperanza.

Relaté cada una de mis recaídas en este blog. También describí cada peripecia interna hasta remontarlas en mi obstinada búsqueda de la normalidad. Del mismo modo, he compartido también los amplios periodos de serena estabilidad que de forma paulatina iban tomando predominio sobre aquellas.

Después, cinco meses sin nada relevante que contar.

Parecía un buen síntoma de mi recuperación, pero aún así, después de un recorrido tan duro y discontinuo, uno no deja de albergar dudas sobre la consistencia de su estado.

De ahí que mi última conversación con Elena me haya resultado tan reveladora. En ella vino a confirmar, que a pesar del declarado escepticismo que le acompañó durante una buena parte de su recorrido exploratorio, hoy puede asegurar que ha superado su duelo. Que hoy, en su día a día, sus energías están más volcadas en la vida y en los vivos que en reconstruir su mundo interior. Que el recuerdo de su hijo apenas le duele y que incluso, a menudo, puede enfrentarse a lugares comunes que antes se le hacían insoportables, sin consecuencias anímicas significativas.

Sin embargo, por supuesto, siempre están las fechas, matiza: las fechas señaladas siempre duelen y entristecen. También hay situaciones insospechadas que nos atrapan y arrastran desprevenidos hacía la añoranza. Días en que nos sentimos ofuscados o irritables sin saber muy bien porque, aunque lo sepamos. Y en esto también coincido con ella, a pesar de que hemos aceptado estas secuelas como parte inseparable de nuestra nueva normalidad, la irrefutable realidad es que nos falta un hijo. Y si bien es cierto que a fuerza de enfrentar situaciones las vamos relativizando y atenuando en su efecto desmoralizador..: ¡faltaría más!

Destacar que Elena también es terca. Y que al igual que yo, poco o nada creyente. Aunque los dos coincidimos en que de haberlo sido tal vez pudiera habernos ayudado, bien es cierto que el hecho de no serlo nos hace sentir más seguros al respecto de la solidez de nuestra reconquistada, nueva, normalidad.

Ya no buscamos ni esperamos señales que nos ayuden a sobrellevar la ausencia. Si bien no vamos a negar que hay casualidades improbables que nos confortan y atesoramos, no las necesitamos. Ambos pensamos que se trata de un indicio claro de nuestra re-conexión con la realidad.

Decía al inicio de este post que el dolor vivido por la muerte de un hijo no se olvida nunca. Y así es: nos marca de por vida, nos cambia, pero el hecho de ser distintos no implica que ya no podamos reengancharnos a ella y volver a convivir intensamente con aquellos, vivos, a quienes amamos. Se puede. Y sin necesidad de renunciar un ápice al recuerdo sereno de nuestros ausentes.

Lo único realmente irreversible es la muerte de nuestros hijos.

En aceptar esta dolorosa realidad está la base de nuestra reconstrucción. Y en querer y creer que se puede.

No me cuesta evocar aquel largo periodo de mi duelo incipiente, cuando sumido en aquella impenetrable oscuridad, leer testimonios de superación como este me resultaban distantes e increíbles. ¡Era tanto el dolor..! que ni tan siquiera me hubiera interesado por la idea de la superación, si no hubiera sido por aquella promesa que con tanta determinación había hecho a Diego.

Cabe también decir que hoy soy más consciente que nunca de cuánto necesité de aquellos testimonios, de aquellos asideros de esperanza, para seguir adelante.

Y es llegado a este punto de mi evolución por el duelo que me atrevo a afirmar que el duelo por la muerte de un hijo pequeño se puede superar. Así lo afirman también Teresa, mi esposa y madre de Diego, Elena, mi amiga escéptica de Teruel (este post también es suyo); Carlos y aquella señora lúcida que a sus 83…de quienes hablaba en la entrada anterior; Isabel Allende… y otros muchos testimonios en los que me apoyé para creer y avanzar. Olvidar, no se olvida nunca, pero superar, se puede superar.

Hoy, a pesar de lo vivido, os aseguro que puedo ilusionarme e involucrarme plenamente en nuevos desafíos, proyectos y relaciones ajenas por completo al duelo. Puedo pensar de nuevo en términos de felicidad junto a los míos. Y claro está que entre los míos cuenta, por siempre, serenamente, Diego.

 Más allá del duelo. (Lectura recomendada)

Encuentros

Publicado el por Pedro Alcalá

Ayer, mientras paseaba con Teresa por una zona de parque por la cual hacía años que no transitábamos, le pregunté sí se acordaba de la primera vez que lo recorrimos tras la muerte de Diego. Apenas habían pasado tres meses por entonces. Teresa se acordaba perfectamente: la angustia que sentimos ante aquella zona nueva recién descubierta, pero que Diego no conocería, ni disfrutaría jamás: caminos, arboledas y una pista de patinaje ideal para sus patines nuevos. Teresa me habló aquel día de unos conocidos que 9 años atrás también habían perdido a su hijo, quienes aseguraban que aunque todavía mantenían muy vivo su recuerdo, consideraban que tras haberlo pasado desgarradoramente mal, ya lo habían superado. Imposible de creer para nosotros por entonces, recuerdo como aquel testimonio me dío aliento y esperanza.

Ayer, buscamos de nuevo la pista de patinaje. – Lo que hubiera disfrutado Diego en ella, ¿verdad? Se está poniendo precioso este parque. Este paseo de flores blancas es de postal. ¡Claro que han pasado ya cinco años!-. Saqué unas fotos. Caminamos en silencio. Recuerdos. Serenidad y nostalgia. Sin dolor.

Aquel silencio, aquellas sensaciones, me transportaron a un encuentro reciente que me había dejado marcado. Las salas de espera propician a veces intercambios inspiradores. El anonimato parece predisponernos a ciertas confidencias íntimas a las que solemos ser reticentes en otros ámbitos.

El caso es que tras hablarle de la muerte temprana de Diego y del dolor, desesperación, desesperanza y del duro trance que ello ha supuesto para nosotros; aquella señora, quien enfrenta un cáncer a sus 83 años, me revela que ella también perdió dos hijos cuando era joven y que le costó mucho sacar adelante a su hija (quien a su lado la mira emocionada y orgullosa). A sus 83 años también ha perdido a su marido de cáncer dos años atrás. Bebe de un trago el segundo vaso del preparado necesario para la prueba que le van a realizar y se levanta enérgica a pasear. La conversación continua a vuelo raso con su hija mientras observo caminar a su madre erguida y vital de un lado a otro al fondo de la sala, hasta que regresa y retoma su relato, ahora más reflexivo:- esto es así, toca pelearlo según viene, aunque si me toca irme ya, ¿qué le voy a hacer..? Y no es que quiera irme…,!La vida es tan amable..! Bueno, claro: padecí el hambre de postguerra, perdí dos hijos y lo que me hizo pasar esta (roza a su hija con una leve caricia cargada de cariñoso reproche). Y mi marido…tuve a un hombre tan bueno… -Suspira- Esta vida…si hubiera que pagar por ella…nadie podría…por eso hay que agradecerla y vivirla hasta la última gota que nos den…- Bebe un tercer vaso, se levanta y reanuda su paseo enérgico y lleno de determinación.

Su hija, con la mirada húmeda, y yo, cautivado, permanecemos en silencio. Me ha quedado un regusto a sencilla lucidez; a José Luis Sampedro. Me siento pequeño por un rato. Regresa Teresa de su revisión y me dice sonriente que todo va bien. Nos despedimos de aquella señora y de su hija con un sentido y afectuoso intercambio de ánimos.

Camino erguido, enérgico y vital junto a Teresa. Mucho más consciente que nunca de este presente favorable.

¡La vida es tan amable! Repiquetea en el fondo de mi cabeza.

¿Tendrá algo que ver el piojín de Diego con estos encuentros?

 Más allá del duelo. (Lectura recomendada)

Transitar por el duelo

Publicado el por Pedro Alcalá

Hace algo más de un mes que plasmé en este blog una descripción espontánea de mi última recaída (1). Resultó ser una declaración directa y sincera. Así lo pretendía. Pero reconozco que aunque llevado por el empuje y la urgencia por expulsar todo cuanto me quemaba por dentro apenas me costó redactarla, sin embargo, me lo pensé mucho antes de decidirme a pulsar “publicar”. Tanta desnudez me producía un intenso pudor. Bajo aquellas dudas, también subyacían fuertes reticencias para reconocer abiertamente una recaída tan honda. Yo, que ya había dado por superado mi duelo hacía tanto tiempo(2) , mostrarme ahora tan abatido…

El resultado fue que hubo quién llegó a preguntarme con preocupación, ¿tan mal estás?; quiénes hallaron en ello una constatación: “lo ves, esto no se supera nunca”; y quienes se limitaron a verlo como un episodio más en mi proceso de duelo.

El hecho es que a los dos días de publicarlo, después de mucho hablarlo con los míos; encajado este inesperado golpe y asumido su pesar, ya había yo superado aquella crisis y me enfrentaba a la vida con aires renovados; como quién sale reforzado de una corta pero intensa convalecencia. Y fue por responsabilidad y compromiso que mantuve la entrada en primer plano durante toda una semana, a pesar de que ya me empezaba a incomodar aquella muestra de fragilidad vencida, cuando en realidad ardía en deseos de contarle al mundo que allí estaba yo de nuevo, en la brecha, abriéndome paso a ritmo decidido. Aunque consciente de mi vulnerabilidad, pero que no se confundiera nadie.

De nuevo, un gesto orgulloso de rabia y rebeldía.

Pero llegado a este punto, quisiera recordar que con aquella entrada dejaba abiertos muchos interrogantes:   

“Hoy me siento mejor, pero más alerta. Más humilde. Puede que no todo esté hecho. Puede que todavía me toque bregar duro. ¿Qué volverá a pasar en una nueva incursión fuera de esta nueva normalidad que he construido? ¿Necesito realmente capacitarme para afrontar cualquier circunstancia? ¿Acaso lo estuve alguna vez antes de perder a Diego? ¿Alguien lo está?

Interrogantes que (aunque en el arrebato del dolor pudieran haberlo sido) no eran simples preguntas retóricas y necesitaban respuesta.

Después vinieron la amenaza de las fechas señaladas y mis temores. Aquella impotencia por no poder controlar su influjo, me exasperaba. Por más que encontrara lógica y proporcionada mi reacción frente a la evocación concentrada de buenos y malos recuerdos; de viejas y renovadas emociones, siempre constituía para mí un coctel desestabilizante. Motivo de desaliento y sobre todo enfado.

Y, por si fuera poco, durante todo este ir y venir de estados de ánimo contrapuestos, dudas, determinación e inseguridades…una constante me rondaba e interpelaba de forma persistente: ¿qué estaré haciendo mal para no acabar de rematar mi duelo?

La víspera del aniversario del accidente que acabó con la vida de Diego, después de mucho tiempo queriendo pero sin encontrar el momento adecuado para hacerlo, me calzo las zapatillas y salgo a correr. Alterno el trote suave con un caminar ligero para evitar lesionarme. El caso es que estoy corriendo otra vez después de tanto tiempo. Lo hago durante una hora. Una duración, una actividad y una cadencia propicias para un reposado dialogo interior. En todo ello hay mucho de sentido homenaje a Diego: “papá no se rinde”.

He vuelto a correr tres veces más desde entonces.

A partir de ahora, la víspera del aniversario del accidente de Diego, también lo será del día que volví a correr.

De inicio, mi intención era esperar para contarlo hasta no haber cumplido con las preceptivas 21 carreras que confirmaran que definitivamente habría recuperado el hábito de correr. Un hito más en la superación de mi duelo. Pero ha sido mucho antes que he reparado en el tremendo error de fondo en el que vengo incurriendo últimamente: pensar que el duelo tiene una meta definida. En nuestro transitar por el duelo no se traspasa una línea, se alcanza un resultado, transcurre un tiempo, se sube una elevada cumbre o se llega a un cálido refugio con lo que se nos arregla la vida para siempre.

” Podemos decir que hemos resuelto el duelo cuando somos capaces de recordar al fallecido sin sentir dolor, cuando hemos aprendido a vivir sin él o ella, cuando hemos dejado de vivir en el pasado y podemos invertir de nuevo toda nuestra energía en la vida y en los vivos.”
Vivir la pérdida.

Al respecto de esta aseveración, puedo dar testimonio de que es por completo cierta. Pero nada se nos dice sobre alcanzar un estado permanente, inalterable e indestructible. Nada se nos dice de una estabilidad emocional a prueba de días negros. Nada se nos dice de que resolver el duelo nos prevenga o prepare para todo infortunio por venir.

Es duelo se elabora a base de diminutos sorbos de vida. Con cada pequeño avance traspasamos una meta crucial que nos ata a la esperanza. Pensar en el duelo en toda su amplitud, desespera. Trocearlo para engullirlo migaja a migaja, hace más evidente nuestro progreso y nos anima. El duelo es un recorrido de larga paciencia.

Y es que aún después de resuelto nuestro duelo, la vida nos sigue proponiendo retos. Por lo que reconciliarse con la vida también implica precisamente eso: capacitarme para afrontar cualquier circunstancia adversa. Puede que incluso aquellas que un día quise ignorar o dejar ingenuamente olvidadas en el fondo de un cajón.

El hecho es que ya no espero del duelo una culminación definida y precisa, sino que lo considero un tránsito en el que cada esfuerzo, cada pequeño paso, cada fugaz instante de optimismo, cada fracaso y cada logro; cada retroceso incluso, cuentan como parte necesaria del proceso. Un tránsito que no nos lleva a parte alguna, sino a un estado sin contornos en el que cada quien, a su ritmo, nos sentimos progresivamente más solventes para vivir la vida tal y como nos venga.

Hoy es un día perfecto para salir a correr.              

(1) Resolver el duelo. Recaídas  

(2) Más allá del duelo (Recomendado)

La necesidad de hablar durante el duelo

Publicado el por Pedro Alcalá

Cuando se trata de hablar sobre el dolor, este fluye libre; se me atropellan las palabras hasta conformar un grito. Callado y sordo, cuando el alma sobrecogida me impide elevar la voz. Un alarido, cuando la desesperación desborda mi capacidad de aguante y estalla hacia la nada porque ya no busca consuelo, sino desahogo.

Para los estados de felicidad, en cambio, no suelo necesitar de papel y lápiz. Se expresan a menudo en la placidez del momento. Y si bien en general me gusta compartirlos y contagiar las vidas que amo, considero que a veces no hay nada de malo en vivirlos de forma íntima y reservada. En el simple regocijo de un qué bien me siento; percibir cómo mi interior se tonifica y crece, y me hace más amable. El hecho es que no tengo necesidad urgente de expresarlos. De ahí que cualquiera que asociase mis silencios en este blog con mis periodos de estabilidad emocional o serena normalidad, pudiera no andar muy desencaminado.

Con la desesperación y el dolor, por contra, igual que con el vapor en las ollas a presión, necesito de válvulas de escape para impedir estallar en pedazos de impotencia o evitar que mi compostura interior se deshaga en una amalgama informe que acabe por deslizarse, indolente, hacía el fondo vacío y frío del abandono y la apatía, hacia el engañoso confort que ofrece la tristeza. 

Es por ello que aún hoy, sea cual sea mi evolución respecto del duelo, aunque es cierto que las crisis ya se presentan cada vez más espaciadas en el tiempo, siempre busco una salida al torrente abrasivo que son el dolor de ausencia, la rabia recurrente, las dudas, la pena.

En un principio, creí que este blog no era para mí nada más que un vehículo para cumplir con mi compromiso de compartir esta experiencia de duelo, por si pudiera ayudar a otros en su propia elaboración, pero ahora, cada día estoy más convencido de que también ha resultado ser una eficaz extensión de mi terapia de duelo. 

Cada vez que algo me bulle e incomoda al respecto de mi duelo, me acerco a mi teclado y lo dejo brotar. Mi primer discurso suele ser visceral, desordenado y confuso, pero auténtico; como lo son las emociones imprevistas. Como lo es el primer párrafo de este post: un borbotón. Un borbotón que se justifica en que después de una temporada de serenidad y bienestar que estos días atrás quise y no supe expresar, hoy, las malditas fechas señaladas, de nuevo barruntan y se asoman sombrías a mi interior amenazando con desestabilizarme una vez más.

Pero a estas alturas, porque no me resigno y no dejo de rebelarme, ya sé que nada mejor puedo hacer para atenuar su influjo, salvo sentir y contarlo.

Y es en este contarlo más desarrollado y consciente, donde no me queda otro remedio que ponerles orden a las palabras y dimensión a las ideas para que mínimamente se me entienda. Y en ello encuentro mucho de reflexión. Es durante este proceso, que casi sin pretenderlo, identifico el origen de algunas emociones y descarto influencias negativas que pudieran haberlas provocado. Dejar madurar y revisar el texto me ayuda de forma indirecta a mantener en orden mi mundo interior. 

Es un proceso y un resultado bien distinto al que obtendría si me limitara a rumiar mi angustia y remover sentimientos negativos por entre mis entrañas, sin darles salida. Sería como batir un lodo infecto en una fosa séptica sin ventilación: acabaría por intoxicarme.  

Por ello considero esencial exteriorizar nuestras emociones, apoyarnos en alguien que nos escuche. Porque aunque a veces pudiera parecer que nadie nos comprende, si les damos la oportunidad, pudiera ser que lo hagan más de cuanto esperamos. Cuanto menos, nos permitirá aprender a gestionar y tolerar nuestro dolor de forma saludable. Drenarlo. Que diría Sara, quien fuera mi terapeuta y La mujer que me escucha

Para mí, hablar; aprender a hablar; hablar mucho y escribir sobre la pérdida de Diego y la desolación, la rabía, el miedo, la impotencia, la culpa, el sufrimiento y el desorden emocional que su muerte y ausencia me provocó; mantener vivo su recuerdo amable, los buenos momentos, el amor que siento por él…fue esencial en la resolución de mi duelo; lo ha sido después; y lo sigue siendo cada vez que estas malditas fechas señaladas, tercas, me arrastran a la nostalgia dolorosa y necesito procesarla de nuevo.