Reflexiones después de Navidad

Publicado el por Pedro Alcalá

En la entrada anterior plasmé intenciones. Fruto del calor del espíritu navideño que recuerdo de otros tiempos y del amor que siento por mis allegados vivos, un año más he querido volver a intentar vivir unas Navidades serenas y disfrutar de ellas, de corazón. Y lo he hecho por ellos, que no por nosotros. Porque si por nosotros fuera, cada año, desde que murió Diego, saldríamos pitando de aquí el 1 de diciembre con las primeras lucecitas de colores para no regresar hasta el 8 de Enero y, entonces ya sí, desear a todos un Feliz Año Nuevo.

Habré leído y escuchado esta última aseveración infinidad de veces a otros dolientes. Pero durante estos casi 7 años sin Diego hemos deseado y tratado de que las cosas fueran diferentes para nosotros.

Desde que escribí el último post el día 24 de diciembre lo he releído innumerables veces. Y la mayoria de ellas he sentido impulsos de cambiarlo e incluso borrarlo. Dudaba sí contenía suficiente verdad. Y si al final lo he dejado tal y como está es porque contiene la autenticidad de sus buenos propósitos: neutralizar la nostalgia para aportar armonía y celebrar la convivencia.

Sin embargo, estas Navidades, el resultado no ha sido tampoco el esperado. Al menos en nuestro caso, la flexibilidad y la tolerancia que proponía en la entrada anterior, si bien es cierto que sin duda mejoran el ambiente en general, por sí solas, no acaban de funcionar. La realidad es que al final mantenemos el tipo a fuerza de contener emociones. Y a la postre, la tristeza se transforma en rabia. Y la rabia crece, inadvertida, hasta que en el momento más inesperado acaba por estallar descontrolada ante cualquier nimiedad en forma de desavenencias absurdas. Lo cual viene a sumar a la pena desasosiego, sentimientos de culpa, frustración y derrota.

Hago estas confidencias con la tranquilidad que me proporciona tener la suerte de convivir en un entorno amable, comprensivo y cariñoso sin fisuras. Donde después de cada desencuentro, por disparatado que este sea, siempre terminan por prevalecer el entendimiento y el respeto sobre todas las cosas.

Por otra parte, quisiera resaltar que lo cierto es que aunque ya dimos por superado nuestro duelo, Diego sigue sin estar. Y aunque sabemos que nunca más estará. Aunque hasta fuimos capaces de asimilar y aceptar esta aterradora certeza. A Diego, lo seguimos amando igual. Y en estos días en que se tiende a decir que “nos juntamos todos”, se hace más notorio que Diego no está. Y duele. En estos días en que la memoria de Diego queda relegada al recuerdo íntimo y reservado de cada cual, expresado en suspiros, en miradas, en la intensidad extraordinaria de un abrazo, en la ubicación significada de una fotografía…nosotros, necesitamos más, necesitamos nombrarle, contar sus anécdotas…hacerle presente en la memoria compartida…Diego cantaba, Diego disfrutaba exultante de la Navidad…Diego comenzaba a preguntar desde septiembre, cada mañana, cuánto faltaba para Reyes…

¿Cómo vamos a querer volver a festejar sin él tal día? Superar el duelo no impide reservarse algunos espacios, momentos o fechas dedicadas a la memoria, al homenaje o incluso a la evocación pura de la tristeza y el dolor. Lo contrario sería inhumano. Sólo sanamos de un dolor cuando lo padecemos plenamente, afirmaba con acierto Marcel Proust.

Encontramos por tanto que lo más saludable sería incorporar sus vívidos recuerdos a cada encuentro, hacerlos más presentes, hasta integrarlo. Aunque somos conscientes de la preponderancia que pudiera tomar su ausencia trayéndola tan a primer plano, estamos convencidos de que construir un cauce natural para expresar la tristeza, ayudaría a normalizar el ambiente. Haciéndonos sentir más cómodos a todos. Por contra, a día de hoy, no podemos evitar sentir que no hacemos otra cosa que incomodar cada encuentro con nuestra triste presencia. Que las emociones no fluyen con naturalidad. Y se enroscan. Y después, a solas, nos asalta la maldita rabia.

El hecho es que unas Navidades más no hemos sabido surfear sobre la nostalgia; encontrar el equilibrio entre los sentimientos a flor de piel y los deseos de mostrar a quienes amamos que nuestra capacidad de amar, de relación y de encuentro no se acabó con la muerte de Diego, sino al contrario.

Hemos aprendido en cambio que el valor auténtico del apoyo de un entorno sincero, radica precisamente en salir airosos, con el cariño intacto, del zarandeo de los malentendidos, de los silencios incómodos y de unos brindis tristes, a caballo entre la nostalgia y una apuesta al futuro.

No obstante, Pedro, debes de ser más consecuente y hacerte a la idea de que la Navidad es esto. Y que por más que tratemos de enmascararla con melindrosas bandas sonoras, guirnaldas y viandas: coexistir con la realidad de la muerte en estás fechas es inevitable. La Navidad es una fiesta para los niños (algunos) y un encuentro con la tristeza para la inmensa mayoría de los adultos. ¿Quién no ha padecido alguna pérdida significativa que añorar en Navidad? Creo por tanto, que en encontrar la melodía y el tono adecuados con que acompañar cada encuentro radica el arte de saber vivirla.

Persistiremos pues el año próximo hasta lograrlo. Aunque, una vez más, al igual que con el resto del duelo, esto es algo que nadie podrá hacer por nosotros.

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  1. Elena dejó su vivencia:

    Cuántisimo tiempo hacía que no entraba a ver tu blog Pedro¡¡¡¡. Compartiendo y sintiendo cada una de tus reflexiones, siento exactamente lo mismo, lo mismo. Tu y yo y el resto de padres.

    Hoy que tengo un ratín para ojear tu blog y las entradas de Facebook de mi grupo, alguien ha publicado una entrevista al autor de un libro (se llama Gustavo Berti, y debe de ser fundador del Grupo Renaceras..) que también perdió a su hijo y le hacen esta pregunta:

    ¿Qué pierde la persona que pierde un hijo?

    -”Nada se pierde, todo se transforma, profundamente. Ningún padre puede volver a ser la misma persona luego de perder un hijo. La vida como la conocíamos y concebíamos ya no existe. Nos damos cuenta que, frente a lo que no podemos cambiar, siempre somos responsables de nuestra actitud al enfrentarnos a lo que nos pasa. Su vida y su partida nos dan la posibilidad de descubrir en nosotros una ampliada, reconfortante y fortalecedora capacidad de compasión hacia el otro que sufre”.

    y como frase que me ha gustado que resume mi transitar te pongo esta que, en definitiva, compartimos en general muchos de los padres y madres..

    “Es imprescindible darse cuenta de que nuestra vida ya no puede ser como antes, hay que dejar ir esa parte de nosotros que ansía que todo siga igual. Darse cuenta de que somos nuevas personas, tanto del punto de vista existencial como social, cultural y aún político. Lo que no debemos hacer es permanecer en el dolor lacerante del momento en que el hijo muere y la forma en que lo hace. Lo que sí debemos hacer, es rescatar el recuerdo siempre presente de esos amados hijos del dolor y resignificarlo en el amor, que es lo que damos y daremos siempre en su nombre.”

    Un abrazo Pedro. Persistiremos hasta lograrlo, como bien dices.

  2. Pedro Alcalá dejó su vivencia:

    Querida Elena, me alegra mucho leerte de nuevo por aquî. Y sobretodo por saber que también persistes en esta misma búsqueda del recuerdo sereno de nuestros niños. Resulta muy alentador el escrito que has compartido.
    ¡Eres para mí la prueba más clara y consistente de que Teruel existe! :-)
    Un fuerte abrazo siempre.

  3. Nati dejó su vivencia:

    Salir corriendo, ese es mi deseo cuando llega La Navidad. Pero no tengo la valentía de dar el desplante que (pienso yo) sería, no compartirla con los que desean compartirla con nosotros. Y, me veo abocada, año tras año, a tener que mantener el tipo y aparentar que todo va bien.
    La felicidad con la que tenemos etiquetada a La Navidad, es ficticia. Nos empeñamos en ver un gran paquete de eternos propósitos de ser felices en los adornos, las luces que brillan en casas y calles, las mesas llenas de comida suculenta sin que falte detalle. También nos empeñamos en que no puede faltar nadie de la familia, y es ahí, cuando, sin querer, a nosotros más nos duele. Y es por eso que nos resistimos a ser partícipes de tanto fingimiento. Porque, nosotros, sabemos y mantenemos un pensamiento constante de que: NO ESTAMOS TODOS.
    Y, al final, se acaba con la resaca de tanto día con desgana de hacer lo que no nos apetece y termina por hartarnos y decir: por fin se acabó. Y te das cuenta que no hemos sido felices, que es lo que pretende todo el mundo.
    Yo me pregunto-: ¿Estamos acertados en dejarnos arrastrar por este paripé?
    Por otro lado, como bien dices, La Navidad es para los niños. Y en mi casa tengo a dos pequeños de mi hija y, por ellos, estoy dispuesta a intentar llenársela de ilusiones.

  4. Pedro Alcalá dejó su vivencia:

    Gracias Nati por tu comentario.
    Un fuerte abrazo.
    Pedro

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