Reposar en el recuerdo sereno de nuestros ausentes

Publicado el por Pedro Alcalá

“Cuando dices que para ti, sigue contando, serenamente, Diego. ¿En qué términos? ¿Dónde lo pones?, ¿dónde lo dejas?, ¿dónde lo llevas? ¿Sientes que está en algún lugar? ¿Crees que no está? ¿Tienes esperanza de poder volver a estar con él cuando tú ya no estés aquí? ¿Crees que se puede ser feliz si no se tiene esperanza en el Más Allá?”

De este modo, desde el cariño que ambos nos profesamos, me interpelaba Nati, lectora frecuente de este blog, en un comentario al respecto de mi último post Superar el duelo por la muerte de un hijo pequeño.

Me comprometí a reflexionar sobre ello y a responder en el siguiente post que escribiera, y si no lo hice antes fue por falta de tiempo de calidad, aunque pienso que de haberlo hecho entonces, mi respuesta hubiera sido la misma de hoy.

Casi dos años después de la muerte de Diego, en mi segundo post, revelaba:

A menudo, cuando su ausencia se me hace tan dura como insoportable, despliego la mirada sobre el horizonte buscando mi conexión, expandiéndola, porque si Diego está en algún sitio, es en todas partes; y le ruego y le pido que me ayude, que siga a mi lado. Y después, siempre pasa algo que me hace creer que nunca me falla.

Aquella percepción, casi tangible, no ha cambiado en absoluto. Aún me siento conectado a Diego. Lo que se ha reducido es la frecuencia con que la angustia me oprime lo suficiente como para tener que rogarle; como para tener que pedir a Diego que ocurra algo que me haga creer que nunca me falla. Ya no necesito, ni busco, ni espero señales del más allá.

A veces, en momentos especialmente intensos o significativos, aún me sorprenden algunos episodios sutiles; aquel tipo de casualidades que solía calificar de extraordinarias, de enigmáticas peripecias intencionadas, de guiños que Diego me enviaba desde su lugar mejor. Sucesos que hoy día identifico como probables alucinaciones de pena o asociaciones; ensueños fruto de la necesidad de sentir una conexión más física. El hecho es que ya no las analizo; me limito a sonreír y a atesorarlas. Y aunque no voy a negar que todavía me confortan, no las considero necesarias para vivir ni para eventualmente ser feliz.

Dicho lo anterior, lo cierto es que no tengo respuesta a la mayoría de las preguntas que me formula Nati. Dejé de planteármelas el día que decidí aceptar y soltar. Aceptar que la muerte de Diego es irreversible y soltar la esperanza de recuperar un pasado irrecuperable. Tampoco pienso en términos de un reencuentro con Diego en el más allá. Si sucede, sucederá. Y será fantástico. No lo descarto. Pero nada puedo hacer para influir sobre una posibilidad que nos trasciende en extremo. Si yo tuviera la fortuna de la certeza que proporciona la fe, de seguro tendría una respuesta inequívoca para cada una de sus preguntas. Pero no soy creyente. A mi entender, la vida se vive aquí, entre los vivos. Y es esta, por tanto, la que me interesa. En ella me ocupo de crecer. Y es que si de verdad existe posibilidad alguna de trascendencia, estoy seguro de que a ella se accede por medio de un aceptable “hacerlo bien” en este mundo. Lo cual incluye afrontar la adversidad por dura que se presente, y tratar de superarla.

¿Crees que se puede ser feliz si no se tiene esperanza en el Más Allá?

Rotundamente sí. Felicidad entendida como una sucesión discontinua de pequeñas y grandes alegrías entreveradas de pequeñas y grandes desdichas. Sí, si para ser felices no pretendemos el paraíso en la tierra.

Se habla con frecuencia de crecimiento personal o espiritual asociado a la elaboración del duelo, y aunque pudiera resultar contradictorio, algo de ello pudieran contener esta aceptación serena de la realidad de la que hablo y el hecho de que, a pesar de dudar de nuestra trascendencia, no temo a la muerte.

¿Serenamente Diego?

Haberme liberado del dolor y el sufrimiento que me producía aquella lucha interior por aceptar y soltar, me permite disfrutar hoy, sin distorsión, de los hermosos recuerdos que conservo de aquel tiempo que tuve la suerte de compartir con Diego. Serenidad es el estado de ánimo predominante en mi relación con un Diego ausente. El proceso de elaboración del duelo ha sido ciertamente largo, doloroso y complejo, pero tras su resolución, la gestión de mis emociones se ha revelado (recaídas aparte) sorprendentemente sencilla.

Disculpad unas respuestas tan categóricas. Me hago cargo de que para quien se encuentre en una edad muy temprana del duelo, o en plena elaboración, pudieran resultar cuanto menos lejanas o utópicas: en el contexto de otro orden de prioridades. Pero esta es mi realidad hoy. No puedo contar otra.

Ahora bien, tampoco quisiera llevar a nadie a equívoco o confusión: las Navidades, como otras tantas fechas señaladas, acentúan las ausencias y nos ponen tristes. El cansancio nos atrapa y nos mina el ánimo; son largas y el bombardeo emocional incesante. No importa cuanto tiempo haya pasado, si se hurga en la nostalgia, las ausencias duelen. Es a fuerza de prueba y error como las sobrellevamos. Por eso este año hemos tratado de buscar el equilibrio, un pacto entre nuestras convicciones y las convenciones, entre lo que nos sienta bien y lo que los que amamos merecen. Veremos qué tal funciona.

Pero lo cierto es que en lo que al duelo respecta, ya no busco nada más allá del más común de los sosiegos. Disponer de ratos en que apartarme para poder respirar. Para poder rearmar el ánimo. Para, arropado por el cariño y la comprensión de cuantos me quieren, poder disfrutar de unos instantes de soledad en los que reposar en el recuerdo sereno de mi Diego ausente.

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  1. Nati dejó su vivencia:

    Hola Pedro. Estos días he estado fuera y no he consultado nada en Internet.
    Me es muy gratificante que hayas puesto tus reflexiones y tu realidad. Lo describes tan claro que es como si pudiera habitar en tu piel.
    Hoy he tenido un momento de pensar en Diego. Me he dicho: –Es como si lo hubiera conocido.
    Me lo imagino: inquieto, alegre, pícaro, juguetón y muy cariñoso.
    Yo estoy en la misma senda que tú, pero sin ser capaz de alcanzarte. No consigo estar serena cuando recuerdo a Carlos, que es a cada instante. Su recuerdo me produce tristeza. El tener la certeza de que jamás podré volver a abrazarlo me causa impotencia.
    Tal vez esté un tanto obsesionada con el Más Allá. Creo que no hay ni un solo día que no piense en la muerte. En mi muerte y en la de los que quiero mucho. Me atenazan los miedos de tener que pasar por la pérdida de otro ser querido y que, los que me quieren, tengan que pasar por mi muerte.
    Me pregunto una y otra vez ¿por qué no somos capaces de aceptar la muerte si sabemos que es algo irremediable e irreversible para todos?
    ¿Por qué el tema de la muerte es un tema tabú si nos rodea por todas partes?
    La enfermedad del cáncer se ha convertido para todos nosotros como La Espada de Damocles. Cada día conoces a alguien cercano que ha muerto de la enfermedad. Aunque muchos se curan, también mueren muchos, y no importa la edad.
    Aceptar, es la solución. Pero… cómo no sentir dolor por la muerte de un ser querido.
    Aceptar todo lo que nos depare la vida, incluso la muerte.
    Pero… aceptar no es tan sencillo. Deberíamos crear escuelas que nos preparasen para poder sobrellevar con la suficiente entereza y capacidad de aceptación, las adversidades que nos toca vivir.
    Se nos muere un hijo y ya: la vida no vale la pena vivirla, y así, ¿cuánto tiempo?
    Así me paso los días, con ese galimatías: hoy acepto, mañana no.
    Bueno, Pedro, no me enrollo más.
    Os deseo para ti, tu mujer y tu hijo todo lo mejor.

  2. Pedro Alcalá dejó su vivencia:

    Hola Nati, gracias a ti por invitarme a reflexionar.
    Estoy de acuerdo contigo: lo que más cuesta es cerrar el ciclo del duelo. A veces incluso aparenta que caminamos por una circunferencia, que no nos permite avanzar, pero en realidad se trata de una espiral, tan extensa como tardemos en aceptar.
    Puede que tú y yo no caminemos tan distantes, pudiera ser que lo que llamas no cejar de doler, fuera lo que yo llamo recaídas. Pudiera ser también que midiéramos distinto las intensidades. Tal y como nos sucede a Teresa, Jorge y a mí. Hemos aprendido que esto del duelo es complejo, y su desenlace personal y único. ¿Cómo no habrían de ser infinitas las formas de expresarlo?
    Nati, ¿en todo este tiempo? Has disfrutado de un sólo instante de lo que tú entiendes por felicidad?
    Si tu respuesta es sí, es que se puede. Se trata de aferrarte a él y pugnar por enlazar con el siguiente. Y una vez atesorados unos pocos, dejarlos fluir de forma espontánea y natural. Dejar obrar sin oponer resistencia.
    Por supuesto que no supone garantía de nada; la vida seguirá golpeando con el mazo. O no tanto. Pero, ¿que otra tenemos que andar atentos para organizarnos la vida de la forma más apacible y bregar con lo inevitable?

    Comparto tu queja: no nos han enseñado a afrontar la adversidad. Nuestra sociedad occidental nos ha puesto una venda de colores Disney frente a la muerte. Hasta que nos toca de cerca. Entonces nos descubrimos atolondrados, sin saber cómo manejar tanto dolor. Habiamos enmascarado el dolor con los protocolarios rígidos y tras las vitrinas de las frías salas de los tanatorios; allí la muerte: lejos, aséptica, no podía alcanzarnos. Aquí la vida: nosotros, a salvo. Tal y como en el cine. Donde la muerte acontecía detrás de la pantalla y llorabamos hasta los créditos y después la vida…
    Y de repente descubrimos que el cuento es otro y que es duro y cruel…duele hasta doblegarnos…

    Y lo siento, pero una vez más nos toca elegir ( el duelo es una tarea personal que nadie puede hacer por nosotros), nos toca elegir entre lamentar nuestra escasa formación al respecto o buscarnos la vida y/o buscar ayuda.

    Tú, Nati, elegiste hace tiempo este último camino. Te deseo un merecido y sereno desenlace.
    Un fuerte abrazo.
    Pedro.

  3. Nati dejó su vivencia:

    Sí Pedro. He sentido muchos pequeños instantes de felicidad. He sabido que puedo ser feliz, pero… siempre está el “pero”. Sé que todavía queda en mi interior una herida que duele en cualquier circunstancia; en cualquier estado de ánimo en que me encuentre. Todavía la procesión va por dentro. Todavía la alegría de mi cara está teñida de matices oscuros. Las sonrisas son mayormente forzadas, pero quedan muy bien para quien las recibe y me siento satisfecha por ello.
    Creo que sigo entando presa de mi duelo y no soy capaz de ser todo lo espontanea que podría ser.
    Supongo que me resisto a soltar.
    A veces me digo a mí misma: si todo está en mi cabeza ¿por qué seguir por el camino del dolor y no, el que me ofrece las cosas buenas de la vida que están a mi alcance?
    Ya ves, ahí estoy, voy avanzando, no sé a qué ritmo, pero avanzando.

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