Superar el duelo por la muerte de un hijo pequeño

Publicado el por Pedro Alcalá

Han pasado cinco meses desde mi última entrada en este blog. Cinco meses, en tempo de duelo, bien pudieran equivaler a casi una eternidad, sobre todo al principio, cuando cada nuevo segundo pareciera arrastrar el dolor lacerante de su antecesor para perpetuarlo. Sin apenas tregua, pareciera que aquel dolor de ausencia, aquella intensidad, no fueran a remitir jamás. Lo recuerdo muy bien. La muerte de un hijo; el dolor que produce, no se olvida. Nunca se olvida.

También han transcurrido más de cinco años desde la muerte de mi hijo Diego a sus diez años de edad. Tampoco le olvido.

Mi compromiso con este blog era y es contar experiencias personales vividas y auténticas al respecto de mi duelo. Decir y contar verdad mientras contenga algo relevante que aportar.

Por ello he tardado cinco meses en volver a escribir en él, porque durante ese tiempo no había acontecido nada nuevo e interesante relativo a mi duelo que mereciera compartir.

Sin embargo, la semana pasada, después de mucho tiempo, hablé de nuevo por teléfono con Elena. Elena es una madre que hace unos seis años perdió a su hijo Alex. La conocí hace varios años en un encuentro de padres en duelo. Nuestro hablar sincero, sin ambages ni paños calientes nos hizo conectar. Ella vive en Teruel y yo en Madrid, pero desde entonces, de cuando en cuando nos llamamos para contarnos cómo nos va. Y lo hacemos con la franqueza a que nos obliga un asunto que nos toca tan hondo y con la transparencia que nos permite el hecho de no conocernos más allá de la desgraciada experiencia común que nos vincula.

Por aquel entonces, cuando nos conocimos, yo ya aseguraba que el duelo por la muerte de un hijo se puede superar. Que aquella era mi experiencia; resultado de una fuerte determinación personal, de una búsqueda de ayudas adecuadas y de unas circunstancias normales. Pero Elena, que había transitado por esto del duelo más que yo, me aseguró que hubo un tiempo en el cual, después de un recorrido similar al mío, también pensó haberlo logrado, pero que al final la realidad acaba por ponerte en su sitio, y que las constantes recaídas terminan por depositarte en el lecho lánguido de un duelo sin fin.

“Está bien que así pienses si es que te ayuda, pero no te voy a engañar: un día de estos, tarde o temprano, tal y como me sucedió a mí, se te caerán los palos del sombrajo”. Aseguraba Elena. Y debatimos largo y tendido sobre aquella sentencia dictada desde su parecer más sincero. Ambos coincidimos en la convicción de que no caben autoengaños si se trata de elaborar un buen duelo.

Lo cierto es que pronto me alcanzaron tales recaídas: algunas hondas y prolongadas, otras intensas y breves pero demoledoras…que me hicieron dudar de mis convicciones y me llevaron al desánimo.

Alcanzado este punto, conviene decir que si algo soy, es terco. Y digo terco y no tenaz, ni constante, ni firme, ni determinado, ni perseverante. Digo terco, porque para salir de este duro trance hay instantes en los que hay que echarle más agallas y rabia de lo que la razón propone. Porque a menudo toca seguir y tragar bilis a fe ciega porque el dolor recurrente lo impregna todo y nos hace sentir irremisiblemente atrapados en un bucle de búsqueda infructuosa y desesperanza.

Relaté cada una de mis recaídas en este blog. También describí cada peripecia interna hasta remontarlas en mi obstinada búsqueda de la normalidad. Del mismo modo, he compartido también los amplios periodos de serena estabilidad que de forma paulatina iban tomando predominio sobre aquellas.

Después, cinco meses sin nada relevante que contar.

Parecía un buen síntoma de mi recuperación, pero aún así, después de un recorrido tan duro y discontinuo, uno no deja de albergar dudas sobre la consistencia de su estado.

De ahí que mi última conversación con Elena me haya resultado tan reveladora. En ella vino a confirmar, que a pesar del declarado escepticismo que le acompañó durante una buena parte de su recorrido exploratorio, hoy puede asegurar que ha superado su duelo. Que hoy, en su día a día, sus energías están más volcadas en la vida y en los vivos que en reconstruir su mundo interior. Que el recuerdo de su hijo apenas le duele y que incluso, a menudo, puede enfrentarse a lugares comunes que antes se le hacían insoportables, sin consecuencias anímicas significativas.

Sin embargo, por supuesto, siempre están las fechas, matiza: las fechas señaladas siempre duelen y entristecen. También hay situaciones insospechadas que nos atrapan y arrastran desprevenidos hacía la añoranza. Días en que nos sentimos ofuscados o irritables sin saber muy bien porque, aunque lo sepamos. Y en esto también coincido con ella, a pesar de que hemos aceptado estas secuelas como parte inseparable de nuestra nueva normalidad, la irrefutable realidad es que nos falta un hijo. Y si bien es cierto que a fuerza de enfrentar situaciones las vamos relativizando y atenuando en su efecto desmoralizador..: ¡faltaría más!

Destacar que Elena también es terca. Y que al igual que yo, poco o nada creyente. Aunque los dos coincidimos en que de haberlo sido tal vez pudiera habernos ayudado, bien es cierto que el hecho de no serlo nos hace sentir más seguros al respecto de la solidez de nuestra reconquistada, nueva, normalidad.

Ya no buscamos ni esperamos señales que nos ayuden a sobrellevar la ausencia. Si bien no vamos a negar que hay casualidades improbables que nos confortan y atesoramos, no las necesitamos. Ambos pensamos que se trata de un indicio claro de nuestra re-conexión con la realidad.

Decía al inicio de este post que el dolor vivido por la muerte de un hijo no se olvida nunca. Y así es: nos marca de por vida, nos cambia, pero el hecho de ser distintos no implica que ya no podamos reengancharnos a ella y volver a convivir intensamente con aquellos, vivos, a quienes amamos. Se puede. Y sin necesidad de renunciar un ápice al recuerdo sereno de nuestros ausentes.

Lo único realmente irreversible es la muerte de nuestros hijos.

En aceptar esta dolorosa realidad está la base de nuestra reconstrucción. Y en querer y creer que se puede.

No me cuesta evocar aquel largo periodo de mi duelo incipiente, cuando sumido en aquella impenetrable oscuridad, leer testimonios de superación como este me resultaban distantes e increíbles. ¡Era tanto el dolor..! que ni tan siquiera me hubiera interesado por la idea de la superación, si no hubiera sido por aquella promesa que con tanta determinación había hecho a Diego.

Cabe también decir que hoy soy más consciente que nunca de cuánto necesité de aquellos testimonios, de aquellos asideros de esperanza, para seguir adelante.

Y es llegado a este punto de mi evolución por el duelo que me atrevo a afirmar que el duelo por la muerte de un hijo pequeño se puede superar. Así lo afirman también Teresa, mi esposa y madre de Diego, Elena, mi amiga escéptica de Teruel (este post también es suyo); Carlos y aquella señora lúcida que a sus 83…de quienes hablaba en la entrada anterior; Isabel Allende… y otros muchos testimonios en los que me apoyé para creer y avanzar. Olvidar, no se olvida nunca, pero superar, se puede superar.

Hoy, a pesar de lo vivido, os aseguro que puedo ilusionarme e involucrarme plenamente en nuevos desafíos, proyectos y relaciones ajenas por completo al duelo. Puedo pensar de nuevo en términos de felicidad junto a los míos. Y claro está que entre los míos cuenta, por siempre, serenamente, Diego.

 Más allá del duelo. (Lectura recomendada)

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  1. Elena dejó su vivencia:

    Agradezco Pedro que una pequeña conversación, pasado tanto tiempo sin haber hablado, haya sido el punto de partida de esta última entrada en tu blog. De alguna manera me halaga y me ayuda, y mucho, que alguna de mis palabras, de mi sentir actual sirva a alguien. Fué mi necesidad desde el principio: quería ayudar. Aportar algo, escuchando, manteniendo el contacto con los siguientes padres en llegar a este nuestro “nuevo mundo”.Desde mi propio blog haciendo mis comentarios, cuya evolución es notoria: desde la amargura, dolor extremo, rabia, lamento y negación de la posibilidad siquiera de “salir de este estado” el cual parecía estar cronificado, al menos los 5 primeros años.
    Pero ahora, ciertamente, 7 años despues, ya puedo confesar sin mentir, que, no sé si llamarlo SUPERAR, palabra por la que discutíamos después de tu conferencia en el Encuentro de Padres y Madres en Madrid de 2011. Tu estabas muy muy reciente, y yo no podía entender que tu ya hablases de Superar. En aquel Encuentro esa palabra supuso un gran revuelo¡¡.
    Lo que ocurre es que el TIEMPO, es el único aliado ante las situaciones duras que tiene la vida. También el trabajo personal que uno se curre. Esto es fundamental. Y para otros lógicamente su FÉ, y sus CREENCIAS. No las discutiré nunca más. Porque yo las discutía desde mi perspectiva de persona agnóstica hasta la médula. Ni en la señales he creído yo. Con lo que mi duelo lo he bregado con una gran carga de escepticismo ante nuestra pequeña existencia en este mundo.( De ahí mi necesidad de hacer mi blog, de presentar a Alejandro al mundo, que no se olvidara, que se viera su carita… yo que sé…qué impresión me debió de producir a mi la expresión ‘El Olvido de los muertos’y no quería .. no quería eso)
    En estos momentos, sí Pedro, puedo decir que ya no me levanto pensando en Alex. Me levanto pensando en lo que he de hacer ese día. Pienso en los vivos. Y aun quedando todavía unas graves secuelas en mi alma, y muchos miedos a lo que vendrá, que de vez en cuando emergen, en aniversarios, o simplemente por frases que la gente dice sin querer.. ahora los manejo yo. Por eso insisto, el tiempo y el trabajo personal y el sacar toda la rabia hacia fuera, es la manera, lenta y costosa de saber vivir despues de haber perdido un hijo.
    Un abrazo muy grande, y gracias.

  2. Nati dejó su vivencia:

    Hola Pedro. Siempre es agradable leerte. Cuando veo que has puesto un nuevo escrito, siento como una pequeña emoción, no solo por lo que puedas decir, sino también por saber de ti.
    Comparto lo que dices y tu manera de encaminar, enfocar, encarar la vida. Yo también estoy en ese camino, pero me cuesta separar lo que pasó con mi vida actual.
    No sé, es el tiempo el que te va dictando, recolocando, reconstruyendo en cada momento tu manera de ver la vida y, los sentimientos, que van cambiando.
    Yo, me considero creyente. Con eso no quiero decir que sea religiosa, seguidora de las doctrinas que nos dicta nuestra Madre Iglesia, sino, que creo, que hay algo en nuestro ser que perdura después de que nuestro cuerpo físico desaparezca.
    Creo firmemente que el espíritu de Carlos no ha desaparecido. Soy incapaz de pensar en él, solo en pasado. En mi cabeza sigue vivo.
    Cuando dices que para ti, sigue contando, serenamente, Diego. ¿En qué términos? ¿Dónde lo pones?, ¿dónde lo dejas?, ¿dónde lo llevas? ¿Sientes que está en algún lugar? ¿Crees que no está? ¿Tienes esperanza de poder volver a estar con él cuando tú ya no estés aquí? ¿Crees que se puede ser feliz si no se tiene esperanza en el Más Allá?
    Bueno Pedro, ahí lo dejo. Espero seguir leyéndote. Un abrazo.

  3. Pedro Alcalá dejó su vivencia:

    Hola Nati, es reconfortante saberte siempre ahí.
    Me fórmulas una serie de preguntas casi imposibles de responder. Lo he intentado en ocasiones anteriores y no estoy seguro de con cuanto acierto lo hice.
    A todas ellas respondo desde un sentimiento, una emoción. Desde un estar sereno al respecto de la pérdida de Diego que nada tiene que ver con dominar la vida. Porque esta sigue planteando nuevos desafíos. De toda índole. Y es en esa faceta donde me sigo batiendo en duelo con la adversidad. Una nueva adversidad frente a mi nueva normalidad.

    Nati, tomaré un tiempo para reflexionar y responder a tus preguntas. Será mi próximo post.

    No obstante, te remito en que modo traté de poner en palabras estás mismas dudas profundas hace ya un tiempo:
    http://sites.fundacionmlc.org/pedroalcala/?paged=2

    Un abrazo muy fuerte.

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