Encuentros

Publicado el por Pedro Alcalá

Ayer, mientras paseaba con Teresa por una zona de parque por la cual hacía años que no transitábamos, le pregunté sí se acordaba de la primera vez que lo recorrimos tras la muerte de Diego. Apenas habían pasado tres meses por entonces. Teresa se acordaba perfectamente: la angustia que sentimos ante aquella zona nueva recién descubierta, pero que Diego no conocería, ni disfrutaría jamás: caminos, arboledas y una pista de patinaje ideal para sus patines nuevos. Teresa me habló aquel día de unos conocidos que 9 años atrás también habían perdido a su hijo, quienes aseguraban que aunque todavía mantenían muy vivo su recuerdo, consideraban que tras haberlo pasado desgarradoramente mal, ya lo habían superado. Imposible de creer para nosotros por entonces, recuerdo como aquel testimonio me dío aliento y esperanza.

Ayer, buscamos de nuevo la pista de patinaje. – Lo que hubiera disfrutado Diego en ella, ¿verdad? Se está poniendo precioso este parque. Este paseo de flores blancas es de postal. ¡Claro que han pasado ya cinco años!-. Saqué unas fotos. Caminamos en silencio. Recuerdos. Serenidad y nostalgia. Sin dolor.

Aquel silencio, aquellas sensaciones, me transportaron a un encuentro reciente que me había dejado marcado. Las salas de espera propician a veces intercambios inspiradores. El anonimato parece predisponernos a ciertas confidencias íntimas a las que solemos ser reticentes en otros ámbitos.

El caso es que tras hablarle de la muerte temprana de Diego y del dolor, desesperación, desesperanza y del duro trance que ello ha supuesto para nosotros; aquella señora, quien enfrenta un cáncer a sus 83 años, me revela que ella también perdió dos hijos cuando era joven y que le costó mucho sacar adelante a su hija (quien a su lado la mira emocionada y orgullosa). A sus 83 años también ha perdido a su marido de cáncer dos años atrás. Bebe de un trago el segundo vaso del preparado necesario para la prueba que le van a realizar y se levanta enérgica a pasear. La conversación continua a vuelo raso con su hija mientras observo caminar a su madre erguida y vital de un lado a otro al fondo de la sala, hasta que regresa y retoma su relato, ahora más reflexivo:- esto es así, toca pelearlo según viene, aunque si me toca irme ya, ¿qué le voy a hacer..? Y no es que quiera irme…,!La vida es tan amable..! Bueno, claro: padecí el hambre de postguerra, perdí dos hijos y lo que me hizo pasar esta (roza a su hija con una leve caricia cargada de cariñoso reproche). Y mi marido…tuve a un hombre tan bueno… -Suspira- Esta vida…si hubiera que pagar por ella…nadie podría…por eso hay que agradecerla y vivirla hasta la última gota que nos den…- Bebe un tercer vaso, se levanta y reanuda su paseo enérgico y lleno de determinación.

Su hija, con la mirada húmeda, y yo, cautivado, permanecemos en silencio. Me ha quedado un regusto a sencilla lucidez; a José Luis Sampedro. Me siento pequeño por un rato. Regresa Teresa de su revisión y me dice sonriente que todo va bien. Nos despedimos de aquella señora y de su hija con un sentido y afectuoso intercambio de ánimos.

Camino erguido, enérgico y vital junto a Teresa. Mucho más consciente que nunca de este presente favorable.

¡La vida es tan amable! Repiquetea en el fondo de mi cabeza.

¿Tendrá algo que ver el piojín de Diego con estos encuentros?

 Más allá del duelo. (Lectura recomendada)

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