Transitar por el duelo

Publicado el por Pedro Alcalá

Hace algo más de un mes que plasmé en este blog una descripción espontánea de mi última recaída (1). Resultó ser una declaración directa y sincera. Así lo pretendía. Pero reconozco que aunque llevado por el empuje y la urgencia por expulsar todo cuanto me quemaba por dentro apenas me costó redactarla, sin embargo, me lo pensé mucho antes de decidirme a pulsar “publicar”. Tanta desnudez me producía un intenso pudor. Bajo aquellas dudas, también subyacían fuertes reticencias para reconocer abiertamente una recaída tan honda. Yo, que ya había dado por superado mi duelo hacía tanto tiempo(2) , mostrarme ahora tan abatido…

El resultado fue que hubo quién llegó a preguntarme con preocupación, ¿tan mal estás?; quiénes hallaron en ello una constatación: “lo ves, esto no se supera nunca”; y quienes se limitaron a verlo como un episodio más en mi proceso de duelo.

El hecho es que a los dos días de publicarlo, después de mucho hablarlo con los míos; encajado este inesperado golpe y asumido su pesar, ya había yo superado aquella crisis y me enfrentaba a la vida con aires renovados; como quién sale reforzado de una corta pero intensa convalecencia. Y fue por responsabilidad y compromiso que mantuve la entrada en primer plano durante toda una semana, a pesar de que ya me empezaba a incomodar aquella muestra de fragilidad vencida, cuando en realidad ardía en deseos de contarle al mundo que allí estaba yo de nuevo, en la brecha, abriéndome paso a ritmo decidido. Aunque consciente de mi vulnerabilidad, pero que no se confundiera nadie.

De nuevo, un gesto orgulloso de rabia y rebeldía.

Pero llegado a este punto, quisiera recordar que con aquella entrada dejaba abiertos muchos interrogantes:   

“Hoy me siento mejor, pero más alerta. Más humilde. Puede que no todo esté hecho. Puede que todavía me toque bregar duro. ¿Qué volverá a pasar en una nueva incursión fuera de esta nueva normalidad que he construido? ¿Necesito realmente capacitarme para afrontar cualquier circunstancia? ¿Acaso lo estuve alguna vez antes de perder a Diego? ¿Alguien lo está?

Interrogantes que (aunque en el arrebato del dolor pudieran haberlo sido) no eran simples preguntas retóricas y necesitaban respuesta.

Después vinieron la amenaza de las fechas señaladas y mis temores. Aquella impotencia por no poder controlar su influjo, me exasperaba. Por más que encontrara lógica y proporcionada mi reacción frente a la evocación concentrada de buenos y malos recuerdos; de viejas y renovadas emociones, siempre constituía para mí un coctel desestabilizante. Motivo de desaliento y sobre todo enfado.

Y, por si fuera poco, durante todo este ir y venir de estados de ánimo contrapuestos, dudas, determinación e inseguridades…una constante me rondaba e interpelaba de forma persistente: ¿qué estaré haciendo mal para no acabar de rematar mi duelo?

La víspera del aniversario del accidente que acabó con la vida de Diego, después de mucho tiempo queriendo pero sin encontrar el momento adecuado para hacerlo, me calzo las zapatillas y salgo a correr. Alterno el trote suave con un caminar ligero para evitar lesionarme. El caso es que estoy corriendo otra vez después de tanto tiempo. Lo hago durante una hora. Una duración, una actividad y una cadencia propicias para un reposado dialogo interior. En todo ello hay mucho de sentido homenaje a Diego: “papá no se rinde”.

He vuelto a correr tres veces más desde entonces.

A partir de ahora, la víspera del aniversario del accidente de Diego, también lo será del día que volví a correr.

De inicio, mi intención era esperar para contarlo hasta no haber cumplido con las preceptivas 21 carreras que confirmaran que definitivamente habría recuperado el hábito de correr. Un hito más en la superación de mi duelo. Pero ha sido mucho antes que he reparado en el tremendo error de fondo en el que vengo incurriendo últimamente: pensar que el duelo tiene una meta definida. En nuestro transitar por el duelo no se traspasa una línea, se alcanza un resultado, transcurre un tiempo, se sube una elevada cumbre o se llega a un cálido refugio con lo que se nos arregla la vida para siempre.

” Podemos decir que hemos resuelto el duelo cuando somos capaces de recordar al fallecido sin sentir dolor, cuando hemos aprendido a vivir sin él o ella, cuando hemos dejado de vivir en el pasado y podemos invertir de nuevo toda nuestra energía en la vida y en los vivos.”
Vivir la pérdida.

Al respecto de esta aseveración, puedo dar testimonio de que es por completo cierta. Pero nada se nos dice sobre alcanzar un estado permanente, inalterable e indestructible. Nada se nos dice de una estabilidad emocional a prueba de días negros. Nada se nos dice de que resolver el duelo nos prevenga o prepare para todo infortunio por venir.

Es duelo se elabora a base de diminutos sorbos de vida. Con cada pequeño avance traspasamos una meta crucial que nos ata a la esperanza. Pensar en el duelo en toda su amplitud, desespera. Trocearlo para engullirlo migaja a migaja, hace más evidente nuestro progreso y nos anima. El duelo es un recorrido de larga paciencia.

Y es que aún después de resuelto nuestro duelo, la vida nos sigue proponiendo retos. Por lo que reconciliarse con la vida también implica precisamente eso: capacitarme para afrontar cualquier circunstancia adversa. Puede que incluso aquellas que un día quise ignorar o dejar ingenuamente olvidadas en el fondo de un cajón.

El hecho es que ya no espero del duelo una culminación definida y precisa, sino que lo considero un tránsito en el que cada esfuerzo, cada pequeño paso, cada fugaz instante de optimismo, cada fracaso y cada logro; cada retroceso incluso, cuentan como parte necesaria del proceso. Un tránsito que no nos lleva a parte alguna, sino a un estado sin contornos en el que cada quien, a su ritmo, nos sentimos progresivamente más solventes para vivir la vida tal y como nos venga.

Hoy es un día perfecto para salir a correr.              

(1) Resolver el duelo. Recaídas  

(2) Más allá del duelo (Recomendado)

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  1. Nati. dejó su vivencia:

    Después de dos años de la muerte de Carlos, un día, volví a coger la bici. Me di cuenta de: cuánto en mí había cambiado. Pareciera que hubiera desaparecido en mí, toda fuerza física y anímica.
    Antes de la muerte de Carlos, yo, cogía la bici para muchas cosas (no es que sea deportista). La cogía para disfrutar: haciendo recados; haciendo visitas a la familia; recorrer los parques de mi ciudad. Pero, ese día, todo fue diferente. Iba con la carga emocional del recuerdo de que Carlos, ya no iba a verme nunca más con mi bicicleta, y pedaleaba con desánimo y no fui capaz de disfrutar. Desde entonces la bici, está en el trastero esperando a que pueda subirme y pedalear ligera de cargas, porque me sigue llamando el entusiasmo, casi ancestral, que sentía montada en mi bici recorriendo mi ciudad.
    Te cuento esto, porque me siento reflejada cuando dices que te calzaste tus zapatillas para volver a correr.
    Volver. Nunca se vuelve dónde, ni a cómo, se estaba antes. Aunque seguimos insistiendo en recuperar la felicidad que un tiempo, que parece tan lejano, en que parecía que éramos felices. Y la felicidad pasada, es como el agua, nunca vuelve. Hay que atraparla en cada instante por el que se está pasando; no en el tiempo que ya pasó o el que está por venir.
    Nunca sabremos lo que está por venir. Solo podemos dar fe, del aquí y ahora.
    Para mí, el momento actual es, que sigo sintiendo pena, tristeza, ansiedad; angustia en el estómago; en ocasiones impotencia y rabia. También, a veces, me entra miedo, un tanto irracional, o tal vez no, de que el futuro me depare con el infortunio de algún otro golpe que se asemeje al ya sufrido. Y veo que mi vida transcurre como si padeciera una enfermedad crónica y esos fueran mis síntomas, a los que trato con mis medicamentos: ternura, paciencia, esperanza, una pizca de ilusión y, amor, mucho amor, que a ratos surten efecto a ratos no. Porque no es tan fácil manejarnos a nosotros mismos. Muchas veces nos descontrolamos y hay que ser capaces de tirar de las riendas de nuestras propias emociones para no padecer más de lo estrictamente necesario. ¿No te parece Pedro?

  2. Pedro Alcalá dejó su vivencia:

    Cierto Nati, es este un camino de larga paciencia; de prueba y error.
    Pero, ¿qué sería lo peor que te podría pasar sí vuelves a coger esa bicicleta? ¿y qué sería lo mejor…?

  3. Nati. dejó su vivencia:

    Lo peor sería: constatar que mi entusiasmo, el que tuve antes de perder a Carlos, haya muerto, y lo mejor sería: que aún creyendo que ya no va a ser lo mismo, una vez que empiece a cogerla de nuevo, pueda sentir el gusanillo del disfrute por pedalear entre el peligro y la vorágine de la ciudad.