Nada está escrito.

Publicado el por Pedro Alcalá

Lawrence de Arabia es mi película favorita de siempre. Un clásico de aventuras bélicas que nada pudiera tener que ver con el duelo. Una película que a pesar de los contrapuestos y controvertidos perfiles y aristas que nos ofrece del personaje protagonista, cada vez que la veo, encuentro en ella, además de belleza y entretenimiento, elementos que me fascinan e inspiran en positivo.

Claro está que podría tratarse tan sólo de un asunto de gusto cinéfilo bastante común, por cierto, y no es de cine de lo que corresponde hablar aquí. La traigo a colación porque hay una secuencia cuya lectura personal me ha acompañado y servido de forma muy especial durante mi devenir por el duelo.

Lawrence, asesor militar y diplomático enviado por el ejército británico para evaluar la situación y el estado de las relaciones con su aliado árabe, el príncipe Faysal, después de alcanzar con él una relación de confianza basada en el amplio conocimiento y respeto que Lawrence demuestra por la cultura árabe, consigue convencerle para cruzar con 50 de sus guerreros beduinos el desierto de Nefud a fin de sorprender por la espalda, en Áqaba, a su enemigo turco. Acción considerada inviable por el ejército beduino; un suicidio, debido a las extremas condiciones que habrán de soportar durante su tránsito por aquel infernal paraje.

No obstante, con la obediencia marcial debida, emprenden la campaña, y a fin de eludir la acción letal del sol, los expedicionarios avanzan de noche y duermen de día. El riesgo de quedar dormidos sobre el camello, caer y quedar abandonados a la suerte de una muerte segura es constante.

Cuando extenuados terminan la travesía de la parte más dura y severa del desierto de Nafud conocida como “El yunque del sol”, descubren consternados que uno de los camellos vaga sin jinete. Se trata del de Gasim, uno de los guerreros beduinos que cayó y se perdió durante la noche.

Lawrence decide regresar en su rescate a pleno sol, por lo que el jerife Alí trata de impedírselo alegando que la suerte de Gasim ya está decidida: – ¡Está escrito! - Le espeta.

Lawrence, irritado y desafiante desatiende el argumento de Alí, se interna de nuevo en el desierto, y se encamina en busca de Gasim.

Gasim, desde el momento de su caída no ha dejado de caminar. Aún bajo el sol abrasador, no se resigna, y avanza; casi como un autómata se ha ido despojando de armas y ropa. Invencible al desaliento, no ceja en su empeño para tratar de ponerse a salvo, hasta que durante un último esfuerzo reflejo cae desfallecido.

Lawrence lo encuentra tendido sobre el tórrido suelo, inconsciente, pero vivo. Y consigue regresar con él y dejarlo a salvo en el campamento.

– ¡Nada está escrito! - Es la réplica de Lawrence al jerife Alí.

(Después, ya es sabido que el relato, como la vida, continúa por derroteros insospechados; pero esa ya es otra historia y otra lectura).

Ahora, disculparme la aparente frivolidad de esta metáfora, pero durante mi tránsito por el duelo, no pocas veces me he sentido atravesando el desierto de Nefud por El yunque del sol: casi sin esperanza. Y como agnóstico confeso que soy, a falta de otra fe, con frecuencia he tenido que recurrir a mi inventario de recursos personales, entre los que se encuentra, por qué no decirlo, el poder inspirador que para mí contiene esta secuencia de cine.

Y no es precisamente la figura egocéntrica de un arrogante Lawrence de Arabia acudiendo en mi auxilio la que me resulta evocadora y estimula a seguir cuando todo pudiera parecer perdido, es el personaje de Gasim, quien a pesar de que todo el peso de la sabiduría y experiencia de un pueblo ancestral le exhorta a aceptar que en aquel lugar y en aquellas circunstancias no le queda otra que esperar la muerte; es Gasim, quien a pesar de que sus arraigadas creencias le instan a la resignación y al abandono, dado que todo está escrito; es Gasim, quien a pesar de aquellas poderosas creencias limitantes, en aquella situación límite, consigue liberarse y olvidarse de ellas para dejar que su instinto, su sabio interno, tome las riendas de su voluntad y le guie hacia un posible improbable, pero posible; tan posible que acaba por suponer su salvación.  

Si Gasim no hubiera caminado hasta la extenuación, sin su fe en la vida, ningún obstinado Lawrence de Arabia lo hubiera podido salvar.

Es por ello que cuando, como hace unas semanas, el desaliento me oprime, recurro a esta secuencia inspiradora para recordar que es en mí, y sólo en mí, donde radica el poder de disiparlo. Y que es la acción, nuestra acción, la única que puede devolvernos a la superficie de nuestra preciada normalidad.

Aunque dicha acción pudiera consistir, tan sólo, en el descomunal esfuerzo de decidirnos a pedir ayuda.

Hoy, con mi mundo interior más en calma; ya de vuelta a mi anhelada cotidianidad, puedo decir que en efecto, mi última entrada, era la expresión de un grito clamando comprensión y auxilio.

¡Qué liberación poder explicarse y sentirse comprendido!

Gracias por la confortante respuesta recibida.

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