Resolver el duelo. Recaidas.

Publicado el por Pedro Alcalá

La semana pasada sufrí una crisis profunda. Me sentí abatido. Incapaz. Frustrado. Busqué refugio y releí varias veces mi última entrada. A pesar de su trasfondo triste, pude reconocer sin dificultad cierta euforia: en ella alzo los brazos en rotunda muestra de triunfo frente a la adversidad. Es un gesto de rabia y rebeldía. Cuando el dolor me oprime, me rebelo y trato de sacar pecho. Es la forma que tengo de erguir el ánimo cuando todo parece tirar de él hacia el fondo.

Salí muy tocado de estas Navidades. Este año (o es que no recuerdo bien los anteriores) se me han hecho más cuesta arriba que nunca. También estaban el sobreesfuerzo en el trabajo y los adioses a muchos compañeros. El fin de otro ciclo. Lo que vine a llamar un absoluto de adversidad sin que por asomo lo fuera.

Al término de mis vacaciones, me reincorporé al trabajo reconfortado y resuelto. Aliviado, me abracé a la rutina exigente y rendí de forma eficiente a lo largo de la primera semana. Con ello se reforzaba en mí la certeza de un Pedro más fuerte y totalmente reconstruido. Optimista en mi nueva normalidad. Acomodado en mi zona de confort.

La madrugada del lunes falleció mi tía Catalina. Hermana de mi madre. Decidí acudir al tanatorio a acompañar a mi madre, pero antes, hablé con el abogado que lleva el caso del accidente de Diego: el juez había dictado sentencia. No es la primera vez que voy a un tanatorio después de la muerte de Diego, ni la primera que asisto a un funeral, pero esta vez,  a la media hora, estoy roto. Quisiera estar allí, acompañar, consolar y reconfortar tal y como lo hicieron conmigo, pero tan sólo percibo cómo mi ánimo se diluye con cada abrazo. Aquella inusitada y familiar atmosfera de aturdida calma me está aniquilando. La sentencia sobre el accidente de Diego (fuera la que fuera) repiquetea en mi cabeza: rabio, me duele; me desgarra saber que la vida de mi hijo pudiera atenerse a decisiones técnicas, a razones, a juicio, a derecho, a argumentaciones a favor y en contra… (las que fueran) ¡…a porcentajes de culpabilidad! Regreso a casa; no puedo permanecer por más tiempo en el tanatorio. Me siento culpable por ello. Al día siguiente, tampoco encuentro fuerzas para acompañar a mi madre al entierro de mi tía, de su hermana. Todo me evoca, en carne viva, aquel día en que perdí a Diego. ¡Cuánto dolor!

Hubiera dicho que este nuevo episodio bien pudiera ser debido a un auténtico absoluto de adversidad. Y así me sentí tentado de afirmar de nuevo, cuando caí en la cuenta de que  tan sólo se trataba de la autoridad implacable del presente. Él es quién dicta la prevalencia de mis emociones. ¿Qué mayor absoluto de angustia y derrota que el día en que perdí a Diego y los sucesivos en que la realidad, terca, acabó por mostrarnos su cruel carácter definitivo, irreversible?

De ahí que hoy no me cueste nada mirar en retrospectiva y hacerme más consciente que nunca de todos aquellos quienes pudieran asomarse a este blog desde aquel verdadero absoluto de desolación de los primeros días, semanas, meses…Y me pongo en su lugar. Y hago mías sus dudas. Y su impotencia al leer mis declaraciones eufóricas de logros y optimismo. Pues sé que para mí también hubo un tiempo en que cualquier avance se me antojaba inalcanzable.

Si bien es cierto que no me desdigo en nada de lo relatado en mi última entrada, sí que, por coherencia, me siento en la obligación de contar también esta profunda recaída. Por más personal que sea y por más pudor que me produzca hacerlo, merece la pena reflexionar sobre el hecho innegable de cuan directamente relacionada está y ha estado la evolución de mi duelo a mis circunstancias personales. Resaltar lo frágiles que pudieran resultar algunos asideros en los que mantengo anclada mi reconstrucción. 

Hoy me siento mejor, pero más alerta. Más humilde. Puede que no todo esté hecho. Puede que todavía me toque bregar duro. ¿Qué volverá a pasar en una nueva incursión fuera de esta nueva normalidad que he construido? ¿Necesito realmente capacitarme para afrontar cualquier circunstancia? ¿Acaso lo estuve alguna vez antes de perder a Diego? ¿Alguien lo está?

Hoy tengo mayor certeza de que resolver el duelo no significa hacerse inmune al dolor, ni invulnerable ante nuevos infortunios. La vida sigue doliendo tanto como da alegrías. Superar mi duelo ha supuesto asimilar mi límite de tolerancia al dolor, que no eliminarlo. Saber que no puedo con todo, y que ni siquiera tengo la necesidad de hacerlo, me tranquiliza y renueva la confianza en mi reconciliación con la vida.

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