«Son muchas las personas que han experimentado momentos de duelo. Pero pocas las que se han atrevido a escribir un libro sobre esa vivencia y ninguna la que ha difundido un testimonio tan valiente y sincero, que reafirma la inmensa capacidad de recuperación del ser humano.»

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Publicado el por Pedro Alcalá

De cuando en cuando, aún me aborda la nada. Desprevenido, me envuelve liviana en un tul blanco neutro inconsistente y poco a poco me vacía las ganas. Otras veces, vestida de plúmbea marea alquitranada, me arropa y arrastra hacía no sé qué oscuro abismo o cumbre. Y yo, aunque cansado, tarde o temprano, siempre acabo por revolverme torpe pero aguerrido. Como un águila amedrentada sorprendida en pleno proceso de regeneración; el instinto afilado, pero las garras aún romas y el plumón zafio.

Tengo 54 años y hace casi 7 que falleció mi hijo Diego.

Y todavía, de cuándo en cuando, el cuerpo, el alma o la pura entraña me piden gritar y desgañitarme hasta arrojar la bilis y la mala baba que nos ha deparado la vida. Del mismo modo, otras, me pide dejarme arrullar por la pena, mecer y reposar en ella, hasta volver a sentir que remonto y crezco.

Los párrafos anteriores son fruto de un repente. De un arrebato emocional. Y aunque sé que decir a impulsos no es el vehículo más fiable para comunicar con rigor, sí que lo es en cambio para transmitir la autenticidad de un estado emocional. Motivo por el cual no pienso volver sobre ellos. Así quedan pues. Trazos gruesos de un mal día.

Hace ya casi un año que expuse en este blog que había llegado el momento de alejarme de los asuntos del duelo para poner mi foco y energías en desarrollar otras facetas descuidadas de mi mundo interior. Aseguré sentirme en una sensibilidad alejada del duelo, para acabar por desdecirme tan sólo unos días más tarde, después de un arrebato similar al que ha dado origen a los primeros párrafos de este post. Episodio este, que por reiterativo, me lleva a ponerme en la piel de quienes recientes en su pérdida e intensos en su dolor, lean mis aparentes vaivenes y, confusos, se pregunten qué se puede esperar en realidad tras la elaboración de un duelo.

Es bien cierto que la elaboración de mi duelo por la muerte de Diego me ha permitido reconciliarme con la vida hasta el punto de volver a desenvolverme en ella con solvencia sin que el dolor por su ausencia lo impregne todo; involucrarme e ilusionarme en nuevos proyectos; vivir alegrías y disfrutar de momentos gozosos sin que me asalten por ello sentimientos irracionales de culpa. Me ha permitido también dedicar la mayor parte de mi tiempo y energías a la vida y a los vivos. Una elaboración que por otra parte me ha exigido mucha determinación para atravesar el dolor y desplegar recursos con que comprender, asimilar y aceptar la irreversible realidad de su pérdida; soltar un pasado irrecuperable desde el que construir una nueva normalidad en la que Diego ocupa hoy un preciado lugar; construir con él otra forma de relación, muy personal e íntima. Lo que he venido en llamar mi “conexión serena” con Diego. Insólita expresión para el agnóstico, poco o nada creyente, que soy. Pero es que así es como lo siento, por paradójico que parezca.

Ahora bien, entre aquellos aterradores primeros días posteriores a su muerte y esta conexión serena, ha mediado un largo camino de dolor y aturdimiento; de días de desesperanza prolongada en que la única fe en la vida brotaba de unas entrañas tercas que me empujaron a seguir: mi sabio instintivo.

Cabe decir que el duelo ha supuesto para mí un duro trance que tanto me ha permitido crecer en mi capacidad de adaptación a nuevas situaciones difíciles o complejas, como me ha producido un enorme desgaste que me ha dejado exhausto y algunas secuelas. El esfuerzo que demanda la elaboración del duelo sumado a un alto nivel de auto exigencia sostenido en el tiempo a la hora de afrontar distintas y sucesivas adversidades que me ha seguido deparando la vida, han supuesto una elevada erosión de mis recursos naturales que ha devenido en una especie de hiperreacción ante la adversidad. De ahí que en ocasiones me haya sentido agotado y vulnerable, sometido a ”recaídas”. Ante lo cual no dudé en buscar de nuevo ayuda profesional con que reorientarme y reafirmar mis recursos.

Ayuda que me ha servido para descubrir que toda esta lucha que pensé que libraba en lo más profundo de mi ser, en realidad la he combatido muy a flor de piel, en un plano muy racional. De tal modo que he desatendido en gran medida mi mundo interior. Razón por la que hace ya tiempo que vengo expresando la necesidad urgente que tengo de atender otras facetas de mi vida; de que ha llegado el momento de restituir los nutrientes esenciales para que mis entrañas más primarias e instintivas me sigan sirviendo de guía.

Para concluir, trataré de aclarar que para mí, superar, elaborar o resolver un duelo no implica en modo alguno olvidar a nuestro ausente, ni dejar de añorarle o sentir pena, rabia o incluso episodios agudos de dolor. Pienso más bien que el proceso continuará hasta drenar la última gota de dolor. Lo que no soy capaz de anticipar es hasta cuando. Pudiera ser que tal vez no acabe nunca. Pero lo que a día de hoy sí que puedo asegurar es que, según trabajo y avanzo en mi reconstrucción, esas “recaídas” son más espaciadas y menos hondas. Mientras que por contra, el recuerdo de Diego permanece. Cuanto menos me resisto al dolor, más me libero del sufrimiento, y más nítido y reposado se vuelve ese recuerdo. Más sólida es nuestra conexión.

Estos escritos son impresiones personales de mi vivencia tras la pérdida de mi hijo Diego. Para información profesional o para solicitar ayuda gratuita, no dude en consultar la página web de la Fundación Mario Losantos del Campo: www. fundacionmlc.org o su blog de Psicología del duelo.